Rumbo a Río

Esta entrada pertenece a la serie Brasil
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Por fin había llegado el día, al fin nos íbamos de vacaciones.

El destino escogido Brasil, a la cuarta va la vencida; las expectativas estaban muy altas.

¿Por qué Brasil? ¿Por qué ahora?

Brasil (y el Rio Amazonas) fueron una de las grandes espinas que nos quedaron cuando tuvimos que acortar en viaje alrededor del mundo (la otra es Machu Picchu y las Islas Galápagos). Aunque sabíamos que no podríamos hacer el recorrido de 9 días por el Amazonas desde Perú a la desembocadura con el enano (hay cosas que hasta para unos inconscientes como nosotros están prohibidas), hay muchas cosas en Brasil que nos llaman, entre ellas el submarinismo.

La alternativa era Estados Unidos…y la descartamos por ser demasiado cara. Supusimos (pardillos) que un país latinoamericano sería más económico que los USA…craso error.

Para empezar la idea de país de mochilero se esfumó de nuestras cabezas rápidamente. El vuelo para llegar era caro, como todos los vuelos que cruzan el charco, los vuelos internos también subían los suyo  pero eran estrictamente necesarios para visitar un país que es aproximadamente 11 veces el tamaño de España. Ya solo el transporte subía un pico…más tarde descubrimos que otro tanto se podía decir del alojamiento y de la comida. El problema es que para cuando empezamos a darnos cuenta de la sangría que suponía, Sandra ya había sido cautivada por fotos de playas paradisíacas, fondos submarinos y mucho sol.

Por eso, y aún sabiendo que 3 semanas podían costarnos unos 8.000 € y que nuestro país estaba a punto de implosionar económicamente, decidimos volver a mandarlo todo – los miedos a un futuro sombrío, a quedarnos sin ahorros en medio de la tempestad –  a tomar por saco y compramos los billetes. Sebastián incluso condicionó su cambio de trabajo a que le respetasen las sagradas vacaciones. Esto de viajar ya empieza a tomar tintes de adicción para nosotros.

El viaje hasta Rio De Janeiro y Barreirinhas

Sobre el viaje no hay mucho que contar, además de que es duro hacer viajes transoceánicos con niños. La escala en Lisboa sirvió para que Hugo descubriese las cintas transportadoras del aeropuerto (por las que pasó unas 40 veces al grito de “escalera, escalera!”).

El viaje fue duro. Llegamos a Rio de noche (21:30) , en España 5 horas más por lo que estábamos agotados. Los niños comieron y cenaron comida casera que llevamos en fiambreras, pero nuestro menú era a base de delicioso menú de avión. Al llegar nos alojamos en el hotel más caro que hemos pagado hasta ahora: 170 € por una noche en una habitación más que básica (tuvimos que ir a pedir papel de WC). La “gracia” era que el hotel estaba en el mismo aeropuerto, y nos costaba lo mismo que ir en Taxi a Rio y volver…y podíamos dormir más.

Al final lo de dormir más casi nos sale caro. El avión salía a las 9 de la mañana, y decidimos quedar a las 8, total estábamos a un tiro de piedra. Aprovechamos que estábamos en el mismo aeropuerto para esperar al último minuto, y en medio del check in de las maletas, nos dijeron que los niños no estaban incluidos en el billete. Os imagináis nuestra cara…a 30 minutos de que el avión despegase.

Enseguida pusimos histéricos a media plantilla de la TAM, hasta que una chica muy amable empezó a abrirnos puertas y a solucionar temas (VISA por delante).

Cogimos el vuelo con mucho estrés  y en primera fila, pero imagino que la “estampa” de 4 adultos corriendo con 2 críos y los carritos por todo el aeropuerto, saltándose colas y controles fue divertida para los que la vieron.

Para los que estéis contando, este ya es nuestro segundo día de viaje desde que empezamos. Y no acaba aquí.

Al vuelo en cuestión nos llevó hasta Sao Luis, la capital del estado de Maranhao. Se suponía que ahí cogíamos un autobús a las 14:00. Era una apuesta arriesgada, considerando que el avión aterrizaba lejos de la terminal de autobuses sólo 1 hora antes. Corrimos, sufrimos, buscamos oficinas de cambio de moneda y no las encontramos… y nos preocupamos (Jordi más), y al final llegamos a la taquilla de la terminal de autobuses a las 13:45…justo a tiempo para oír que no quedaban plazas.

Ya llevábamos 2 días de viaje y nos tocaba esperar hasta las 19:00 para tomar un autobús de 4,5 horas. Decidimos ver el lado positivo y dejamos las maletas en consigna para ir a ver Sao Luis.

El  centro histórico (que es donde vale la pena ir) era pintoresco, sin llegar a ser memorable. Teníamos razón al no incluirlo en la ruta (no vale la pena desplazarse hasta aquí sólo para esto), pero es una buena visita si caes por casualidad.

La comida en uno de los locales más emblemáticos y sin que fuese nada del otro mundo nos costó 124 reales (aprox 50 euros) y fue un anticipo de lo que nos depararía en un futuro.

La sorpresa de la tarde nos la dieron unos “artistas” de un espectáculo de marionetas para niños. El espectáculo era cutre para nosotros, pero encantador para los enanos. Incluso siendo en Portugués, fue difícil llevarse a Hugo de allí.

A las 19:00  cogimos el bus  en hasta Barreirinhas (nuestro destino final), donde llegamos sobre las 23:00, cansados, sudados y con los enanos muertitos de sueño.

Al menos, la Pousada da Areia, donde nos hospedamos estaba muy bien y con el personal muy atento. Eso sí,cara para los estándares. Pronto hemos descubierto que el alojamiento en Brasil es rústico o básico y muy caro, y por supuesto carente de internet.

Estamos escribiendo este post varios días después de aquello, y aunque es trampa adelantarse en el tiempo, concluiremos este post diciendo que tanto traslado valió la pena.

Ah! Y para nuestra sorpresa, el turismo que hemos encontrado de momento es todo interno. No están acostumbrados (ni preparados) para turistas extranjeros (por lo menos en el norte)

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