Cheep Jeep y el Triángulo de Oro Islandés

Esta entrada pertenece a la serie Islandia
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Nos levantamos con una sola idea en mente: recoger nuestra flamante furgoneta 4×4 en la agencia de alquiler para empezar nuestro recorrido por el “triángulo de oro” islandés (ya nos encontramos otros triángulos de oro famosos como el de la India), cuyos vértices son el Geysir, Gulfoss y Thingvellir.

Después de caminar y caminar encontramos la agencia en una calle distinta a la que se anuncian…casi escondidos, y no es para menos. Aquello era casi un desguace reconvertido en agencia de alquiler de coches viejos.

La historia empezó cuando buscamos coches desde Internet, en España, y comparamos precio contra precio, sin fijarnos demasiado en las agencias. No encontramos demasiadas quejas en los foros sobre Cheep Jeep, así que pagamos el 100% por adelantado (unos 2.400 € por los 18 días, para las 2 parejas).

Cuando llegamos nos dieron una furgoneta de la que no tenemos fotos, pero que vivió sus mejores años cuando Argentina aún ganaba mundiales de fútbol. Era la versión automovilística de estos jubilados que aún quieren ir a las discotecas porque nadie les ha dicho que ya no, que ya no toca. Y nosotros íbamos encima.

Aparcamos todas nuestras reticencias diciendo “Es barato”, o “Bueno, seguro que lo tienen en buen estado”. Que Sebas tuviese que recordarles añadir la rueda de recambio no ayudó mucho a generar confianza, pero antes de darnos cuenta ya estábamos montados y de camino a Thingvellir.

Thingvellir

Fue el primer parlamento europeo (930 dc) y es un lugar geológicamente significativo, porque aquí es donde se dan de tortas cada día las placas americana y europea. El resultado es una pared bastante abrupta y espectacular donde ya se asentaban los primeros islandeses a mantener parlamentos de varias semanas.

Como primer plato del famoso triángulo está bien, porque te queda claro que no has venido a Islandia a ver edificios  ni museos, sino paisajes salvajes como en pocos sitios.

Geysir

El segundo plato es el Géiser que originó la palabra que da nombre a todos los fenómenos similares del mundo. El famoso Geysir, o para los amigos, el gran chorro de agua.

Lo feo del asunto es que el original (el que originó la palabra y que alcanzaba hasta 80 metros de altura) ya no funciona. Se lo cargaron los terremotos y sobretodo algunos turistas imbéciles en los años 50, que echaban productos químicos para que la explosión de agua fuese más violenta si cabe. Ahora los turistas del siglo XXI le sacamos fotos a un hermano menor, que apenas llega a los 30 metros.

Aún así, lo más bonito que tiene no es la explosión en sí, sino los instantes previos, cuando se forma una burbuja cristalina a punto de estallar. Este pequeño detalle lo hace más bonito e interesante que el que vimos en Nueva Zelanda (Lady Nox).

 

Gulfoss

Y al final el postre, la gran catarata de Gulfoss. Para verla tuvimos que hacer turnos (una pareja en el coche con los niños, y la otra a la catarata). Es una técnica que utilizaremos muy a menudo a partir de ahora, porque nos permite hacer cosas que serían impensables con los peques.

La verdad es que este es el plato fuerte del día y para nosotros fue algo especial. Por primera vez en bastante tiempo volvimos a sentir ese cosquilleo interior que nos viene cuando la belleza de lo que vemos nos sobrecoge.

Fue especial por varios motivos:

  1. Porque después de Iguazú las cascadas y cataratas no nos impresionaban como antes.
  2. Porque conseguimos seguir teniendo estas sensaciones incluso con el peque en la familia
  3. Porque nos recuerda porqué vale la pena esforzarse tanto y continuar viajando con el enano, por mucho trabajo y paciencia que ello implique.

De aquí nos fuimos a Skogarfoss, a ver otras cascadas. El hostal era la mínima expresión de un alojamiento, frío y básico. Sin internet, con recepción de 16:00 a 20:00 y sin nada decente que comer en 50 km a la redonda.

Aún así, estábamos encantados de nuestros primeros días en Islandia.

 

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