Orang Asli

Esta entrada pertenece a la serie Malasia
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Nos levantamos con el ruido de los pájaros y el de los guiris que desayunaban para empezar sus excursiones. Nosotros habíamos decidido tomarnos la mañana libre para no hacer nada.

Después de la comida comenzaba nuestra aventura: íbamos a visitar un poblado de los indígenas Orang Asli, que se encuentran repartidos por las junglas de toda Asia.

Emprendimos el viaje en un 4×4 por caminos no asfaltados, el viaje era muy movido, tanto que a veces saltábamos de los asientos y nos golpeábamos la cabeza con el techo. Después de una hora más o menos de viaje llegamos al poblado.

La tranquilidad era fantástica, rodeados de jungla y de arañas gigantes (estaban en la telaraña y no eran venenosas). Había animales de granja, perros, niños corriendo semidesundos y adultos construyendo una casa típica.

Las casas se construyen con madera y bambú, elevadas sobre el nivel del suelo para que pase el agua en la época de lluvias, para guardar a los animales y para mantenerlas frescas. En este poblado sólo había unas 16 casas, y vivían unas 100 personas, por lo que es fácil deducir que en cada casa vive mucha gente.

Los jóvenes han optado por una vida más moderna y con más facilidades, por lo que pidieron al gobierno la construcción de escuelas y tiendas de alimentos. Los mayores prefieren una vida más tradicional por lo que siguen recolectando, pescando y cazando con cerbatanas.

Nosotros probamos la cerbatana, Sebas acertó a la primera; yo al primer intento casi mato una gallina y el segundo se desvió ligeramente de la ruta planificada. Aún así es emocionante dispararla, tiene unos dos metros de largo y es muy ligera, el dardo sale disparado sin darte cuenta.

Casi todos los instrumentos ya sean de música (incluyendo una flauta que se toca con la nariz), ya sean utensilios domésticos están hechos con madera, bambú o raíces de ratán. Son increíblemente sencillos y prácticos, como el Bobo, una cesta utilizada para pescar, donde el pescado entra pero luego no puede salir.

En definitiva la visita mereció muchísimo la pena, no sólo por el camino donde pudimos ver frutas, chili, orquídeas y otros tantos vegetales, sino por el poblado y la experiencia de poder entrar en su casa, que se nos enseñase como transcurría su vida y conocerles un poco. Pero no seamos místicos, no van en pelotas con taparrabos, llevan camisetas modernas y relojes en las muñecas.

Sin duda lo mejor fué la sensación de que no se trataba (del todo) de una experiencia enlatada como tantas otras que hemos sufrido en busca del «auténtico indígena».

Hemos visto supuestos aborígenes en muchos países que al final no eran más que los nietos de los originales siguiendo el guión de algún touroperador y con luces y color de fondo. Nada que ver con lo de hoy. La gente era auténtica y la experiencia es lo más cercano que hemos tenido a un encuentro tipo cultural «National Geopgraphic» en lo que llevamos de viaje.

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