Hace una semana, el jueves 12 de julio, metí la primera caja con mis cosas del trabajo en el coche…y tomé conciencia de lo que estaba haciendo.

Parace mentira que después de tanto tiempo planificando uno se dé cuenta de lo que hace justo unas horas de hacerlo, pero es así. Cerré el maletero y pensé «Joder, acabas de dejar el trabajo».

Hubiese sido más fácil si mis compañeros fueran gente gris, si la empresa se hubiese portado mal conmigo, si mi jefe hubiese sido un ogro o si mis tareas en el trabajo fueran agobiantes…pero fué todo lo contrario. Dejo un trabajo cojonudo, rodeado de gente que aprecio y que me aprecia, con un jefe que se ha portado de maravilla y en una empresa que está en pleno crecimiento.

Desde luego, más de uno estará pensando que soy idiota. A mi mismo me cuesta no pensarlo, la verdad, pero si lo pienso friamente, sólo era un trabajo…y no es el tipo de experiencia que uno quiere contar a sus nietos – «Yo trabajé alli 20 años!» que dicen algunos muy orgullosos.

Me esperan pasos aún más difíciles. Ahora pasaré 3 semanas en Argentina, con toda mi familia y mi pareja…la misma familia y pareja que dejaré atrás cuando me marche a Irlanda. Es como una despedida a lo grande.

Quería escribir algo más profundo, pero al final sólo me queda algo muy sencillo: tengo la sensación de que voy perdiendo poco el control de las cosas…a medida que dejo mi vida en manos de la aventura y el azar siento esa extraña sensación que uno tiene al bajar con la bicicleta una cuesta muy empinada…a veces disfrutas, y a veces te preocupas por los frenos.  

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