Sin pensar.
Te montas en la furgoneta por la mañana y te vas con los dos niños al glaciar más grande de Europa. Sin pensarlo demasiado.
Te plantas en la agencia que organiza los Tours con Hugo en un brazo y le preguntas “¿Tienes algo que pueda hacer en el Glaciar con esto?”. Te dicen que no.
Te lo piensas un poco. Haces turnos de dos en dos (Fani-Sandra / Sebas-Jordi) para cuidar de los enanos mientras la otra pareja se va al Glaciar. Te subes al próximo tour, que sale en 10 minutos.
Sin planificarlo.
Te subes al autobús escolar que conduce la versión islandesa de “Otto” (joven con pinta de fumeta, buen rollo y desprecio por las normas que dicen que no hay que mandar SMS mientras conduces un autobús).
Te llevan a la base de una de las tantas lenguas del glaciar y el paisaje es como el de Mordor después de la lluvia.
Alucinas.
Caminas sobre arena negra y ceniza volcánica reciente, rodeado de musgo superverde hasta que te paras y te pones los crampones (clavos de hierro para pisar sobre el glaciar sin resbalar). También te dan un hacha que te mueres por clavar en la cabeza de algún Zombie polar, pero no aparece ninguno.
opsymo OneEntonces pisas por primera vez el glaciar con tus crampones, y la sensación es increíble. El hielo cruje bajo la bota y sientes una pequeña vibración en tus pies. Estás en contacto con el Glaciar.
Paseas durante 90 minutos con Otto (o cómo él se hace llamar, Ingvar) y te explica un montón de cosas interesantes sobre la dinámica de un glaciar. Recuerdas las siguientes:
Vuelves para encontrar a la pareja de mamis, con los enanos a cuestas, en la base del Glaciar. Su grupo se alegra de saber que los peques no subirán al glaciar (a quién se le ocurre pensarlo?).
Vuelves a cuidar de los enanos durante 3 horas, que se hacen más cortas de lo que pensabas. Te comes una sopa Islandesa (de cordero) y vuelves al hostal con la misión cumplida.
Todo sin pensarlo demasiado. Que si te lo piensas, no te sale tan bien.
Por fin, después de un día y medio encerrados en el hostal de Skogar, por la lluvia y el pinchazo, pudimos salir a ver la cascada, Skogarfoss. Antes de describir la belleza del lugar y que nos costaba apreciar durante la rayada os describimos un poquito el lugar. Skogar tiene tan solo 20 habitantes, y según parece están todos sirviendo en el único bar-restaurante-badulaque del lugar.
Como restaurante deja que desear, pues solo sirven sandwiches y hamburguesas, como bar está regulero y como badulaque tienen una gran cantidad y variedad de galletas pero ningún artículo de primera necesidad. Por lo tanto, hubo que pasar por el aro y comer esas delicias.
La pesadilla terminó, y por fin salíamos del hostal. Skogarfoss está a pocos metros andando del hostal, de hecho, desde las habitaciones teníamos vistas perfectas de la cascada.
No sabríamos como transmitir la belleza del lugar, ni la fuerza del agua, ni la harmonía de los elementos. El verde de las montañas, la arena negra volcánica, el ruido del agua, simplemente hermoso.
Después de subir los 381 escalones a la cima y admirar la cascada desde el nacimiento, nos sentimos satisfechos.
Nadie nos podía para en nuestra flamante furgonetas, por lo que después de Skogarfoss deshicimos camino hasta Seljalandfoss, otra catarata por la que podíamos caminar por detrás de ella. Sólo Sebas se atrevió, Jordi ya acabó mojado en la cascada anterior, y Fani y Sandra llevaban a los niños.
Emprendimos la marcha rumbo a Hvoll, el camino es impresionante pero no es factible parar a cada momento para hacer fotos, aunque eso es lo que nos apetecía a todos.
Después de un rato de conducción llegamos a Vik. Comimos aquí y cambiamos algo de dinero. Con el estómago calentito nos fuimos a la playa de Vik, impresionante, de arenas negras. Nosotros no habíamos estado en playas de arenas negras (y eso que las tenemos en España), lo que hacía que esta playa fuese especial es que se podía ver a lo lejos unas formaciones rocosas como dedos huesudos, Reynisdrangur.
Aprovechamos para ir al faro de Dyrholaey, y poner a prueba nuestra furgoneta por un camino sin asfaltar para hacer una foto a uno de los lugares más emblemáticos de Islandia. Allí pudimos ver frailecillos y admirar la fuerza del agua.
Nos pusimos de nuevo rumbo a nuestro hostal donde el camino bien merecía la pena, pero llegábamos tarde y no pudimos parar en el camino a hacer más fotos.
Hay que decir que Hvoll no es un pueblo, simplemente es el nombre del hostal, por lo que nos pasamos la salida. Por fin la encontramos y después de pasar por un camino de piedra llegamos a nuestro destino.
Era tarde, y entre duchas de niños, papillas , acostarlos, hacer nuestra cena y relajarnos era casi la una de la madrugada.
Es muy cansado, no sólo para nosotros, suponemos que también para ellos, pero con tanta excitación caen rendidos por la noche.
Mañana será otro día, pero este ha sido genial.
Esta fue la frase con la que Jordi nos despertó en Skogar. Por supuesto, elegimos conocer primero la catastrófica. La mala ya ni la recordamos.
La catástrofe era una rueda pinchada. Nos acordamos de que la de repuesto estaba ahí porque la habíamos pedido, así que todo el mundo se quedó más o menos tranquilo, excepto Sebas…que se fue directo a la furgoneta.
Sebas no tenía nada claro que pudiésemos cambiar la rueda. Alguien que se olvida de ponerte una rueda de recambio para dar la vuelta a Islandia no es alguien que pone todas las herramientas en las mejores condiciones para cambiarla (quizás debimos pensar eso antes).
Media hora más tarde ya teníamos claro que NO se podía cambiar la rueda, por una serie de motivos:
Por todos estos motivos, decidimos llamar a Cheep Jeep y explicarles el problema. Nos dijeron que nos mandarían a alguien desde Skogar o desde Reykjavick para arreglar el problema. La verdad es que los vehículos de esa empresa son una mierda, pero la gente que trabaja ahí da un buen servicio.
Durante la espera estuvimos discutiendo sobre la seguridad de llevar a los enanos en una furgoneta tan vieja y que estaba tan mal cuidada, y decidimos pagar lo que hiciera falta para conseguir una más nueva y mejor (aunque eso implicase pelearnos para que nos devolviesen el dinero).
Estuvimos buscando y llamando, y los únicos que tenían una furgoneta para 9 personas en esas fechas fueron los de Iceland Rent a Car, por unos 1.000 € más que los de Cheep Jeep (toca a 500 por pareja)
Unas horas más tarde llegaron los de Cheep Jeep y cambiaron la rueda con un gato de profesionales (así cualquiera!) y nos ofrecieron la furgoneta con la que habían venido desde Reykjavick. Sebas no les dio oportunidad, y la rechazó antes de verla. Hubo algunas dudas en el grupo sobre si habríamos hecho bien…
Trazamos un plan:
Aunque parezca increíble, todo salió bien a la primera. No nos perdimos a la ida, encontramos las direcciones dentro de la ciudad y hasta nos dio tiempo para tomarnos un chocolate caliente mientras buscábamos la dirección de la nueva agencia.
La nueva furgoneta era alucinante. Nuevecita, con 14.000 kilómetros y todas las pijerías posibles. Estábamos eufóricos.
De camino al hostal tuvimos viento, lluvia y niebla como no habíamos tenido antes, y nos reafirmamos en la decisión de pagar más para ir seguros con los enanos.
Mientras tanto, Sandra y Jordi estaban pasándolo mal. David (el hijo de Jordi y Fani) tuvo un berrinche potente, algo a lo que no los tiene acostumbrados (no como el nuestro, que es un “perla”) y Jordi tuvo un episodio de “El Resplandor” con Sandra. No llegó a la parte de “Here’s Johnny!”, pero poco faltó.
Por suerte llegamos antes de que la escena del laberinto, y los rescatamos con un delicioso plato de pasta-queso-jamón-huevo-duro, fruto de la mejor cocina de emergencia.
No ha sido un día perdido. Ha sido una anécdota divertida y un recordatorio importante sobre hasta donde podemos y no podemos llegar en el ahorro. Nosotros habríamos continuado con la frankein-furgoneta…pero con los enanos el listón de la seguridad sube siempre un poco más.
Nos levantamos con una sola idea en mente: recoger nuestra flamante furgoneta 4×4 en la agencia de alquiler para empezar nuestro recorrido por el “triángulo de oro” islandés (ya nos encontramos otros triángulos de oro famosos como el de la India), cuyos vértices son el Geysir, Gulfoss y Thingvellir.
Después de caminar y caminar encontramos la agencia en una calle distinta a la que se anuncian…casi escondidos, y no es para menos. Aquello era casi un desguace reconvertido en agencia de alquiler de coches viejos.
La historia empezó cuando buscamos coches desde Internet, en España, y comparamos precio contra precio, sin fijarnos demasiado en las agencias. No encontramos demasiadas quejas en los foros sobre Cheep Jeep, así que pagamos el 100% por adelantado (unos 2.400 € por los 18 días, para las 2 parejas).
Cuando llegamos nos dieron una furgoneta de la que no tenemos fotos, pero que vivió sus mejores años cuando Argentina aún ganaba mundiales de fútbol. Era la versión automovilística de estos jubilados que aún quieren ir a las discotecas porque nadie les ha dicho que ya no, que ya no toca. Y nosotros íbamos encima.
Aparcamos todas nuestras reticencias diciendo “Es barato”, o “Bueno, seguro que lo tienen en buen estado”. Que Sebas tuviese que recordarles añadir la rueda de recambio no ayudó mucho a generar confianza, pero antes de darnos cuenta ya estábamos montados y de camino a Thingvellir.
Fue el primer parlamento europeo (930 dc) y es un lugar geológicamente significativo, porque aquí es donde se dan de tortas cada día las placas americana y europea. El resultado es una pared bastante abrupta y espectacular donde ya se asentaban los primeros islandeses a mantener parlamentos de varias semanas.
Como primer plato del famoso triángulo está bien, porque te queda claro que no has venido a Islandia a ver edificios ni museos, sino paisajes salvajes como en pocos sitios.



El segundo plato es el Géiser que originó la palabra que da nombre a todos los fenómenos similares del mundo. El famoso Geysir, o para los amigos, el gran chorro de agua.
Lo feo del asunto es que el original (el que originó la palabra y que alcanzaba hasta 80 metros de altura) ya no funciona. Se lo cargaron los terremotos y sobretodo algunos turistas imbéciles en los años 50, que echaban productos químicos para que la explosión de agua fuese más violenta si cabe. Ahora los turistas del siglo XXI le sacamos fotos a un hermano menor, que apenas llega a los 30 metros.
Aún así, lo más bonito que tiene no es la explosión en sí, sino los instantes previos, cuando se forma una burbuja cristalina a punto de estallar. Este pequeño detalle lo hace más bonito e interesante que el que vimos en Nueva Zelanda (Lady Nox).

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Y al final el postre, la gran catarata de Gulfoss. Para verla tuvimos que hacer turnos (una pareja en el coche con los niños, y la otra a la catarata). Es una técnica que utilizaremos muy a menudo a partir de ahora, porque nos permite hacer cosas que serían impensables con los peques.
La verdad es que este es el plato fuerte del día y para nosotros fue algo especial. Por primera vez en bastante tiempo volvimos a sentir ese cosquilleo interior que nos viene cuando la belleza de lo que vemos nos sobrecoge.
Fue especial por varios motivos:
De aquí nos fuimos a Skogarfoss, a ver otras cascadas. El hostal era la mínima expresión de un alojamiento, frío y básico. Sin internet, con recepción de 16:00 a 20:00 y sin nada decente que comer en 50 km a la redonda.
Aún así, estábamos encantados de nuestros primeros días en Islandia.




Desde Keflavik a Reykjavik hay que coger un autobús, para ir a la parada hay que caminar unos 5 minutos, pero al jefe del hostal le debimos dar tanta pena con tantas maletas y con los dos bebés que nos llevó a la terminal. Todo el mundo es muy considerado con los niños.
Llegamos a Reykjavik a nuestro confortable hostal y nos dimos un paseo por la centro de la ciudad. La conclusión es que si quieres comer bien te tienes que dejar un dineral en el asunto, pero si comes pizza o fast food es algo menos caro. Esto va a acabar con nuestra dieta.
Después de zamparnos un par de pizzas gigantes dimos una vuelta por el centro y llegamos a la iglesia, no vamos a decir que es bonita, porque bonita no es, pero sí es peculiar y espectacular. Sandra y Fani subieron a sacar unas fotos panorámicas desde el campanario.
Tuvimos la suerte de coincidir con un festival internacional de conciertos de órgano, y nos apeteció escuchar uno en el órgano gigante que tenían en la iglesia. Hugo estuvo aguantando dormido todo el estruendo, durante media hora, luego se despertó y tuvimos que huir de la iglesia un cuarto de hora antes de que acabase el concierto. No estuvo mal.
Hay que decir que entre que se despertó y empezó a chillar (no a llorar, sino a chillar de excitación), estuvo muy atento a la música, buscando de donde venía aquel sonido.
Fuera hace frío, por lo que paramos en el emblemático café Loki a calentarnos antes de volver al hostal.
Esta vez sí descansamos bien. Lo más reseñable fue el concierto de órgano y constatar que viajar con los bebés va a requerir mucha paciencia y comprensión.
A la hora de escoger un país para ir de vacaciones con nuestro enano, nos pusimos a barajar los diferentes destinos. No queríamos ir a países donde son obligatorias o recomendables ciertas vacunas, aún son muy pequeños. No queríamos países donde los mosquitos fuesen más grandes que ellos (vamos con Fani, Jordi y el bebé David), o donde la comida fuese demasiado exótica, ya que estamos en la época de los purés. Deseábamos un país fácil de recorrer con bebés, con ciertas comodidades, y que nos pudiese ofrecer bonitos paisajes. Así escogimos Islandia.
Encargamos los billetes, alquilamos una furgoneta para nuestra ruta y finalmente llegó el día.
Hay que destacar algunas cosillas sobre los preparativos: hacer la maleta con un bebé no es nada fácil, puedes caer en la tentación de excederte en el equipaje para cubrir todos los “por si”. Incluso haciendo economía de equipaje nos dirigimos al aeropuerto con unos cuantos bultos.
El vuelo salía a las 00.30, que ya es una hora intempestiva para un bebé, aún así, David y Hugo aguantaron el tipo. Al llegar al mostrador de facturación empezó la odisea, y es que Hugo no les aparecía en el plan de vuelo, aunque nosotros teníamos su billete electrónico. Después de algunas llamadas forzaron, así es como lo llamaron, su aparición en el vuelo. No se para que tanto circo, si al fin y al cabo, no utiliza ningún asiento.
Volábamos con Iceland Express. Llegamos al avión y tuvimos que esperar sentados alrededor de 45 minutos hasta el despegue, en ese rato no se les ocurrió poner el aire, con lo que nos asábamos como pollos y los niños empezaron a irritarse. En ese rato de espera el piloto habló para decir estas perlas, más o menos:
Habrá que esperar antes del despegue debido al tráfico, pero como sois españoles ya estáis acostumbrados
No pensamos pedir disculpas por el retraso porque ha sido un problema del tráfico aéreo español
Son un poco rudos estos islandeses.
Después de 4 horas y media de vuelo, en ventana (lo odio), con el niño dormido encima, sin poder moverte y con un triste vaso de agua gratis en todo el vuelo, llegamos a las 3 de la mañana a Keflavik (5 am hora española).
Cogimos un taxi directamente hasta el hostal: Fit hostel, donde la habitación es la mínima expresión pero los lavabos y duchas están muy limpios. Morimos.
Hoy nos hemos levantado a desayunar (6 euros por cabeza) y hemos salido a dar una vuelta por el pueblo y a comprar al súper. Después de tan sólo dos horas, hemos vuelto a casa, el aire es infernal, sopla fuerte y en todas direcciones, es imposible avanzar con el carrito. Así que después de comer estamos descansando en el hostal calentitos mientras oímos como sopla y todo vuela afuera. Mañana nos dirigiremos a Reykjavik, pero hasta el lunes no empieza nuestra gran aventura.