El 23 de febrero nos despedimos de Peter (como le llaman cariñosamente aquÃ). Las últimas horas las pasamos hablando con nuestra recepcionista favorita: Alicia. Aunque parezca mentira, se esforzaba por ser simpática con nosotros (en lugar de denunciarnos a algún antiguo oficial retirado de la KGB).
No subimos en el tren a las 0:40. Técnicamente era mi cumpleaños, asà que podemos decir que cumplà mis 31 años en un vagón de tercera clase ruso, a medio camino entre San Petersburgo y Moscú. No suena tan mal…
El tren era incómodo, viejo y cutre, pero estaba bastante limpio, y los rusos no hablan (ni despiertos), asà que menos lo van a hacer dormidos. Como siempre, habÃan ronquidos, pero los tapones para los oÃdos pudieron con ellos. Nos tomamos un Valium y pudimos dormir unas 4 horas (más de lo que esperábamos).
Llegamos reventados a Moscú. Nos arrastramos por las calles con nuestras megamochilas a la espalda y conseguimos llegar al hostal. La sorpresa fue agradable, estaba medio vacÃo, era limpio y las camas cómodas.
No hicimos nada más. Nos tiramos a ver pelÃculas y salà a comprar la cena a diez bajo cero. Suficiente por hoy. Un cumpleaños genial, en serio
Salimos en busca de los billetes del transiberiano. De camino, a mi se me ocurrió cruzar una especie de avenida por la que LITERALMENTE no pasaba ni un solo coche. De hecho, no se veÃa ningún coche, perro o persona a dos kilómetros a la derecha o izquierda. Pensé que estarÃa cortada por obras o algo asÃ, y pasé del paso subterráneo. Lo último que oà fue a Sandra gritándome “Espera, Sebas, no se puede por ahÔ, pero ya era tarde. La furia de la policÃa rusa se materializó en gritos guturales de 4 agentes a la vez, que salieron de la nada. Todos me gritaban a mi y a Sandra, que en su abnegado amor me habÃa seguido.
La primero que hice fue parar en seco, pensando en volver sobre mis pasos y cruzar por el paso subterráneo. Pensé que se trataba de cabezas cuadradas que querÃan que se respetaran las normas aunque no se viese un coche a 2 kilómetros. Pero cuando paré los gritos se convirtieron en exabruptos (no sé ruso, pero seguro que eran insultos), asà que aceleré el paso y le dije a Sandra que corriese. Los dos corrimos hasta la acera. 30 segundos más tarde pasaron 10 coches de policÃa escoltando a una limusina negra con las banderitas presidenciales. Calculo que iban a 120 Km/h.
Nos tragamos una bronca de un poli de la secreta que para colmo hablaba español. Por suerte nos vió tan perdidos que se apiadó. Estaba a punto de gritar con las manos en alto “No quiero matar a vuestro presidente”…pero creo que Putin estuvo más cerca de hacerme daño a mà que yo a él.
Es increÃble que esta gente corte toda una avenida para desplazarse por la ciudad. Cuando la reabrieron, vimos que era una avenida transitadÃsima. Es como si en Barcelona cortasen la Diagonal cada vez que Zapatero quiere pasar a 120 Km/h por la ciudad.
Volvimos con nuestros billetesa al hostal y no nos avergüenza decir que nos pasamos el dÃa viendo series en el portátil, pero empezamos una conversación con un Danés y dos chicas de los USA que se alargó hasta las 00:00, tras lo cual vimos una peli y nos acostamos a las 02:00.
Decidimos que ya era hora de ver la Plaza Roja, y ese fue nuestro plan para el dÃa siguiente.
Entre una cosa y la otra, hemos dejado el Blog desatendido y han pasado un montón de cosas.
Al dÃa siguiente de nuestra conversación polÃtica con Alicia nos fuimos a Peterhof (El Palacio de Verano de Pedro el Grande). Peterhof no está en San Petersburgo, sino a las afueras. Para llegar, habÃa que tomar un tren y un autobús de lÃnea. Después de nuestra odisea para comprar los billetes desde San Petersburgo a Moscú, nos preparamos para lo peor…
Y llegamos a la primera. Cero problemas. Excepto que nos olvidamos de poner la baterÃa de la cámara en la cámara…(por lo que las fotos a continuación están sacadas de Internet, y son parecidas a lo que vimos)
Orgullosos de nuestra pericia, llegamos a un pueblo completamente cubierto por la nieve. El autobús nos dejó en la puerta del palacio. Enfrente de la puerta, la catedral de San Pedro y San Pablo. O aun no estamos saturados de templos o era realmente bonita. El caso es que nos impresionó su exterior.
Entramos en Peterhof, y la entrada fue en sà la mejor experiencia en Rusia. Un pasillo de árboles y setos cubiertos con sacos (para protegerlos de la nieve) formaban un pasillo perfectamente simétrico de unos 1000 metros de largo que nos llevaba a la entrada del palacio. Era como la entrada de Versalles, pero completamente blanca.
La nieve lo cubrÃa absolutamente todo. Era nieve virgen, sin una sola pisada. Todo era perfecto y estábamos solo caminando por la nieve, oyéndola crepitar a cada paso. Nos sentimos como crÃos. nos lanzamos nieve. Corrimos en la nieve para sentir que éramos los primeros en pisarla. Caminamos despacio para sentir como se hundÃa haciendo un sonido al que no estamos acostumbrados.
Nuestro juego duró unos 10 minutos, hasta que llegamos al palacio. No habÃa turistas ni señales de la entrada.
Tras algunas vueltas nos encontramos con 2 rusos vestidos de músicos del siglo XVIII o XIX (pelucas blancas, mallas, etc.) Nos preguntaron de donde éramos, y a continuación nos tocaron EL HIMNE DELS SEGADORS!
Tras recuperarnos del shock (una cosa es que le digan “Bon dia”, otra que toquen el himne dels segadors en San Petersburgo), entramos en el palacio.
1000 rublos más tarde estábamos con unas zapatillas de papel (para no estropear el parqué) recorriendo una de las expresiones más bizarras que hemos visto de ostentación y vanidad, ejecutada eso si con bastante buen gusto.
Salimos contentos de la visita, comentando los detalles dorados, lo recargado del estilo barroco y con la seguridad de que nos olvidarÃamos del palacio a los 2 meses. Pero no del parque nevado, asà que volvimos a pasear unos 30 minutos mas entre pasillos inacabables de árboles cubiertos de nieve. Volvimos a tirarnos bolas de nieve, golpear los árboles para ver como nos caÃan copos como pelotas y en general comportarnos como crÃos ante uno de los paisajes más bellos que hemos visto.
Salimos directamente hacia el café más cercano. Estábamos a 6 grados bajo cero, y empezábamos a no sentirnos la cara. De ahà a la estación del tren, donde nos paramos a tomar unos “kebabs” en un antro, mezcla de discoteca de pueblo de los 80 y puticlub de los 90. La camarera parecÃa un travesti, y cualquier control de sanidad habrÃa revelado que eso en realidad era un vivero experimental de nuevas especies. Aún asÃ, estaba bueno y nos sentimos como en la Rusia más auténtica.
Tren de vuelta a San Petersburgo. Ducha, juegos en el ordenador, siesta y a las 18:00 salimos hacia nuestro “lujo” en St. Peter: Un espectáculo folcklórico ruso.
La verdad es que el espectáculo estuvo bien, y como no, me sacaron a bailar (a hacer el ridÃculo más bien). Para colmo, nuestras galas desentonaban completamente con la pomposidad del teatro, con lo que el ridÃculo fue aun mayor.
Nos fuimos a dormir con un par de copas de cava, unas tostadas de caviar ruso y unos chupitos de vodka que estaban incluidos en el espectáculo.
Ayer nos relacionamos con la primera persona rusa, la recepcionista de nuestro hostal (24 o 25 años, estudiante de turismo y con un inglés intermedio).
Hablar con un ruso/a no es algo tan fácil. Son serios, secos y un poco frÃos. Desde el punto de vista de un latino son unos bordes, pero claro, la diferencia cultural es asÃ.
El caso es que hablamos de todo un poco. La chica parecÃa contenta de que le explicásemos cosas de otras partes del mundo y de ofrecernos consejos y ayuda para ver la ciudad. Todo discurrÃa en un ambiente relajado mientras hacÃamos la cena.
En medio de la conversación ella nos pregunta “Quién es el presidente de vuestro paÃs?” “Es bueno?”. Y claro, empezamos (en realidad Sebas empezó) a hablar de polÃtica. Que si hay tantos partidos en España, que si nosotros somos de izquierdas izquierdas, que si Zapatero es el mal menor para nosotros, etc…
Hasta aquà todo bien.
Entonces yo digo “Y vosotros, ¿estáis contentos con Putin? Desde nuestro paÃs, por las noticias que nos llegan, es un poco totalitarista”.
Ella me contesta, literalmente, que es lo que Rusia necesita. Que los rusos necesitan una mano dura que les diga lo que tienen que hacer, que la libertad está bien en los libros y en las pelis, pero que en Rusia se necesita a un dictador como él. Que la democracia no funcionarÃa (y he utilizado el condicional hipotético a propósito) en Rusia.
Entonces yo, intentando no soltar espumarajos de color verde por la boca y en un esfuerzo tremendo por escuchar y no ir de perdonavidas por el mundo, le comento (ahora en serio, no fui en absoluto agresivo ni adoctrinador) que cosas como Chechenia y asesinatos selectivos como los de Litvinenko no pueden considerarse actos de una democracia. Le pregunto ¿Qué opinas de todo eso?
Su respuesta: “Ok. Bon apetit”. Y con una sonrisa forzada abandonó la cocina.
No hemos vuelto a hablar desde entonces.
Hoy nos levantamos temprano para ir a ver Peterhof. Como quiera que se trata de unos “jardines” (a 0 grados no creo que esté muy verde la cosa) y un palacio, lo que vimos por la ventana nada más levantarnos no fue muy alentador:
Asà que decidimos hacer lo mejor que se puede hacer cuando nieva: NADA. Exceptuando, claro está, la ridÃcula y minúscula tarea de comprar los billetes de tren a Moscú. Ja Ja.
Llegamos a la estación a las 14:00. Un gran reloj en la pared nos hizo de testigo durante toda la odisea, asà que los tiempos estaban controlados.
En la primera cola nos pasamos unos 30 minutos. Al llegar a ventanilla, la conversación fue breve, pero intensa:
Nosotros: English?
Ella: Eh?
Fin del diálogo.
RepÃtase este diálogo 5 ventanillas y 1 hora más, y se tendrá a dos españolitos muy hambrientos a las 16:00 de la tarde, sin billete, y totalmente desesperados. Incluso en la ventanilla a la que fuimos porque alguien nos dijo “que ahà se habla inglés” (nos lo dijeron diciendo “bla bla bla” y señalando una ventanilla), el chico nos respondió con un NO tajante. Por lo menos no dijo “eh?”, por lo que vamos a pensar que tenÃa el nivel elemental de inglés.
Nos rendimos. Nos fuimos a comer. Nos metimos 2 panqueques cada uno, uno salado y otro dulce. Volvimos a la carga.
Otra saludable media horita de cola, para que la persona que TAMPOCO hablaba inglés (habÃa unas 10 ventanillas, y llevábamos 6 probadas) nos dijera que no eran esas ventanillas, sino las que estaban en otra sala…
Vueeeelta a hacer cola. Pero esta vez Ãbamos armados. Llevábamos un papel con todos los datos del tren en plan básico, para estamparlo contra la ventanilla de quien fuera. Apostamos por una chica joven, con la esperanza de que hablase algo de inglés. BINGO!
Diálogo:
Nosotros: Do you speak english?
Ella: Yes.
Nosotros: Really?
Ella: …
Nosotros: We love you!
Y compramos nuestro billete. En tan solo 3 horas!!!!
(Dios nos pille confesados en China)
Como dijimos, el lunes 14 no hicimos gran cosa. Solo salimos a la calle para comprar la comida y registrar la visa. Sin embargo, en St. Petersburgo es casi imposible pisar el centro sin encontrarte cosas impresionantes.
Al dÃa siguiente salimos a buscar una alternativa a nuestro Hostal. No es que el hostal fuera malo en sÃ, pero su “público objetivo” no éramos nosotros. Está muy bien si eres un veinteañero con ganas de fiesta, alcohol y noches en vela…pero si quieres dormir, no es el sitio ideal. Además, era un poco justito para la cantidad de gente que puede albergar (2 fogones eléctricos, 2 duchas para 40 personas, 1 ordenador para todos y sin wi-fi, etc.)
Encontramos otro hostal, por el mismo precio. Una maravilla. Pedimos que nos devolviesen el dinero en el primero, por las dos noches que no Ãbamos a dormir y que habÃamos pagado por adelantado. Por suerte nos lo devolvieron, y ahora escribimos esto desde nuestro nuevo y cómodo hostal con Wi-fi.
El 16 de enero (ayer) fuimos al Hermitage. Es lo que todo el mundo viene a ver a St. Petersburgo (además de la ciudad en sà misma), y es como el Louvre a ParÃs. Las comparaciones con el Louvre no son sólo por el tamaño o la relevancia de sus obras, sino porque, al igual que el Louvre, el museo en sà mismo es una obra de arte.
Y de ejemplo, algunas fotillos:
Nos pasamos 5 horas caminando dentro del museo. Para cualquiera que no se especialice en el tema es más que suficiente.
Lo que más nos gustó fue el museo en sÃ, algunos artistas ya conocidos (a mà me gustan las sombras de los Velázquez, y a Sandra le atraen más los cuadros luminosos, aunque en realidad lo que a ella le gusta es el arte moderno). Un artista sobre el que tenemos que investigar más: Renato Guttuso (aunque lo que vimos aquà no lo hemos encontrado entre sus obras más conocidas en Internet)
Vimos a los rusos patinar sobre hielo, algo que acompleja un poco la verdad, y tras la cara de “ni de coña” de Sandra y la idea de que costarÃa bastantes rublos, decidimos quedarnos simplemente de mirones.
De ahà nos fuimos a la “Iglesia de Nuestro Salvador de la Sangre Derramada” (el nombre es para cagarse, pero es literalmente asÃ). Por lo que se ve, los ortodoxos son aun más animados que los cristianos católicos. Una fiesta, vamos!