En la peli “Regreso al futuro” la gracia estaba en eso: en que volvÃas al futuro desde el pasado…ummm…bueno, sea como sea. El caso es que en Tokyo nunca sabes si te has ido hacia atrás o hacia delante en el tiempo.
Puedes encontrarte mujeres vestidas con el kimono tradicional hablando por el móvil, templos antiguos con un fondo de rascacielos, luchadores de sumo en camiseta e infinidad de otros contrastes. Aunque la verdad, es que el futuro le está comiendo terreno al pasado a pasos de gigante.
El segundo dÃa, después de recuperarnos del encontronazo, decidimos ir a comprar cacharritos electrónicos para los que pueden permitÃrselo (Nati, Dani, Ana, MartÃn) al barrio de Akihabara. El barrio es el sueño de un tecno-friki a la japonesa (es decir, ordenado, limpio, etc…nada de los centros comerciales de Asia, donde podÃas regatear y encontrar cosas raras en medio de un pasillo)
Después de horas de caminata bajo el sol (en agosto el calor no es ninguna broma en Japón) acabamos con las manos vacÃas. Los chollos no son tan buenos (con algunas excepciones) y las garantÃas e idiomas hacen que uno prefiera comprar en España. Aquà lo barato es la comida…asà que decidimos consolarnos con manduca!
Para compensar un poco fuimos a ver los jardines del Palacio imperial. Normalillos si los comparamos con otros jardines japoneses. Es lo que sale en todas las guÃas y allà fuimos nosotros…pero tampoco fué lo más remarcable de Tokyo.
Esa noche fuimos a Shibuya, el barrio de la moda y la marcha en Tokyo. Los japoneses van al último grito en moda (a veces los gritos eran nuestros…gritos, carcajadas y caras de pena). Lo que a un japonés le parece “super-cool” para nosotros es de “Gabi Fofó y Miliki”…y si encima se lo pone un japo, pues es el descojone. Asà aprenderemos lo estúpidas que son las modas (incluida la nuestra). La que veis en la foto no va a la moda…reparte publicidad, y todas se visten como personajes de dibujos manga.
Encontramos un bar con cervezas a 300 pesetas (el Yen y la antigua peseta están a la par) y allà pasamos la noche, bebiendo y riendo.
Anécdota de la última foto: cuando llegamos a la estación de Shibuya vimos por el cristal una masa de gente (cientos) esperando a varios semáforos. De repente TODOS empiezan a cruzar, y se crea una marea de gente en medio de la calle que dura excatamente lo que dura el semáforo. Todo como un reloj…y sucede (con la misma cantidad de gente) cada 5 minutos.
Volvimos destrozados a nuestros respectivos hostales (estamos separados) y acabamos la noche temprano.
Llegamos a Nagoya muy relajados. Empezaron las primeras experiencias japonesas. Todo el aeropuerto superlimpio, impoluto, música relajante. Y… entramos al lavabo.
Las luces se encendieron automáticamente, el lavabo (nos referimos a lo comúnmente llamado “retrete”) tiene música, odorizador, lavaculos, lavabajos y secador de ambos. Tirar de la cadena es automático. El dispensador de jabón, el agua y el secador de manos todo automático, pero como en una peli futurista.
De Nagoya aeropuerto tenÃamos que ir a Nagoya ciudad a coger un autobús nocturno que nos dejarÃa en Tokyo a las seis y media de la mañana. Era un palizón pero tenÃamos ganas de ver a la familia que nos estaba esperando.
Cogimos un tren a la ciudad y ya descubrimos 2 normas del transporte japonés. Los trenes son puntualÃsimos pero también muy caros. Las estaciones de tren son modernas y complicadas a matar sobretodo si no hablas el idioma, y digamos que los japoneses no saben mucho que es el inglés.
Otra sorpresa de Japón, la comida es barata y de muy buena calidad. De hecho es más barato que España y mucho más barato que Australia.
Legamos a la estación de autobús gracias a una japonesilla la mar de simpática que nos llevó directamente. Durante el camino nos llamaba la atención, los carteles y pantallas gigantes, el neón y los japoneses porque somos tan distintos.
El viaje en bus barato ( y decir bus barato en Japón es decir bus muy cutre) llegamos a Tokyo. HacÃa un calor agobiante y las mochilas nos pesaban un montón. El metro de Tokyo es una puta locura, es el resumen perfecto.
Llegamos a nuestro hostal, dejamos las mochilas porque no podÃamos entrar en las habitaciones hasta las tres de la tarde y nos fuimos a buscar a la family a su hotel. Después de perdernos y ya hartos del calor (sólo eran las 10 de la mañana), nos encontramos en un paso de cebra. Los saltos de alegrÃa, los besos y abrazos en medio del paso de cebra llamaron la atención de los japoneses. Nos importó bien poco, llevábamos 7 meses sin vernos. Acababa d empezar la aventura japonesa.