A pesar de todo, Sydney es una ciudad muy bonita. Paseamos todos los dÃas gracias al sol que nos
invitaba a salir.
IncreÃble pero tienen bastantes cosas que puedes hacer de forma totalmente gratuita. La galerÃa de arte es gratis sin ir más lejos. O los jardines botánicos, son enormes y además te invitan a pisar el césped o dormir sobre él. Es genial.
La casa del parlamento y sus alrededores se pueden ver en un corto paseo por los jardines.
Y por fin, la estrella de Sydney, el icono de Australia: la ópera de Sydney. No sabemos decir que nos ha gustado más, si la ópera (cuando estás cerca puedes ver que está cubierta de cerámica o baldosines, y pierde un poquito el encanto) o el marco donde se encuentra, el puerto.
Las vistas de noche son espectaculares, rascacielos, el puerto, un parque temático en el otro lado del puente con una noria iluminada y la ópera.
Sydney nos ha gustado mucho, pero era hora de movernos.
Nos despedimos de Brod, Jason, Seb y Miren en una noche de farra que fue genial. Al dÃa siguiente volábamos de madrugada a Sydney, con muchas expectativas ya que todo el mundo nos habÃa dicho que era una ciudad increÃble. Nos costó lo nuestro encontrar un hostal con camas disponibles, nos extrañó porque estamos en temporada baja.
Al llegar a Sydney lo tuvimos claro. Todas las carreteras céntricas estaban cortadas porque el Papa venÃa a la ciudad con las hordas de juventudes de todos los paÃses. Dos ateos en medio de las jornadas de las juventudes católicas, como mola, eh??
El hostal era una auténtica mierda, la habitación y nuestras compañeras de habitación un encanto. Pero la cocina era penosa y sucia, no habÃa mesas para comer y cada dÃa cenábamos en la terraza con una bandeja en las rodillas. La multitud se levantaba cada mañana para hacerse sus panqueques e ir a ver al Papa. Una noche llegamos al hostal y nos encontramos a un grupo sentado en el suelo haciendo un cÃrculo, alrededor de una vela y cantando canciones eclesiásticas en plan coro. Nos acojonamos, pensábamos que nos iban a exorcizar.
Suponemos que ya os hacéis una idea de como estaba el patio, de como las calles estaban abarrotadas de jóvenes de todos los paÃses del mundo, blandiendo las banderas de sus paÃses y cantando canciones tan cañeras como el “alabaré, alabaré, alabaréeeeeee”. Un fiestorrrooo, de un animao….
Estaban en todas partes, y siempre con preferencia. Pero no habÃa más que verlos para saber que pocas experiencias sexuales iban a tener en su vida.
Esto es la expresión del buen gusto…
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Asà estaba Sydney, curioso de ver para un ateo, como un concierto de U2 para un católico. Inolvidable en todos los sentidos. Nuestro refugio la biblioteca, que a parte de tener internet gratis se estaba a gustito que te cagas, con perdón.
Los vagabundos no vieron incrementados sus ingresos en esos dÃas, porque si algo tienen los católicos es que adoran a los santos, y en este caso , todos adoraban a la Virgen del Puño. Sin embargo pudimos ver a los obispos comiendo en los restaurantes más caros del puerto de Sydney. Haz lo que digo, no lo que hago.
Amén.
El tercer dÃa no fué tan bien…y todo por culpa del tiempo. Tanto del tiempo de reloj (tenÃamos que hacer una distancia larga en un dÃa) como del meteorológico (llovÃa y hacÃa frÃo).
Por culpa de las prisas, tuvimos que elegir qué querÃamos ver ese dÃa (sólo una cosa). Entre varias opciones, nos quedamos con Cradle Mountains. Se trata de un parque con montañas, lagos y una vegetación bastante peculiar.
Al llegar nos encontramos lluvia, pero decidimos cubrirnos como pudimos y hacer las 2 horas de trayecto igualmente. Fué un poco duro, y la visibilidad no era muy buena, por lo que decidimos no llevarnos la cámara (más que nada por la lluvia).
Aparte de ese paseo (que a pesar de todo nos mostró algunas de las vistas más bonitas de Tasmania) no pasó nada en el viaje, excepto mucha lluvia y muchas horas de coche.
Llegamos a Hobart exhaustos. Todo fueron palabras de agradecimiento hacia Jason y de amistad hacia Miren…tanto que quedamos para tomar algo al dÃa siguiente, cuando Jason saliese del trabajo.
Al dÃa siguiente, Miren estaba a primera hora en el hostal para pasar la mañana con nosotros. A las 16:00 ella se fué a ver a Jason al pub y nosotros nos quedamos un poco rezagados buscando hostal en Tokyo.
Cuando llegamos al Pub eran las 17:30. Nos encontramos con Jason, Miren, Eusebio y Brod.
Eusebio es un catalán que vino con sus padres a Tasmania hace 33 años (tiene 44, aunque aparenta unos 35) y que aún domina perfectamente el castellano y el catalán. Brod es un inglés que ha viajado por medio mundo (como nosotros, pero 3 años), casado con una tailandesa y con una mente muy abierta.
Lo pasamos de fábula. HacÃa muuuucho tiempo que no salÃamos, tomábamos unas copas y charlábamos con otras personas que no fuésemos nosotros. Bebimos y hablamos sin reparar en el dinero (algo muy relajante)…y al final la cuenta no salió tan mal.
Nos fuimos al hostal a las 00:15 con bastante pena, pero con la mirada puesta en el reloj y las 4 horas que nos quedaban de sueño. La noche fué perfecta. Un final idóneo para una experiencia que será recordada más por la gente que por el lugar.
Salimos a eso de las 09:30 de la mañana del hostal en dirección a “Bay of Fires”, o lo que serÃa lo mismo “BahÃa de Fuego”.
El nombre le viene del color de las rocas que rodean la bahÃa (rojas y amarillas) y es uno de los lugares turÃsticos preferidos por los locales para pasar el verano (aquà hay que buscar playas como estas en las que las olas no sean enormes y se lleven a los niños mar adentro)
Todo esto lo supimos por Jason, que no paraba de explicarnos cada pequeño detalle sobre cada ciudad, lugar o monumento. Nos explicó cosas sobre la cultura local, sus leyendas urbanas, sus problemas polÃticos…un guÃa genial.
Paseamos durante un rato y vimos como Jason trataba, infructuosamente, de pescar algo. No es que no sea bueno pescando…fué mala suerte.
De ahà seguimos (menuda paliza de coche!) hasta Colomba Falls, unas cataratas rodeadas de uno de los “Rain Forest” (Bosques lluviosos?) más bonitos que hemos visto; y a una degustación de quesos de Tasmania (los mancheguitos están más ricos)
Llegamos bastante tarde al pueblo natal de Jason (Burnie) y compramos algunas cosas para hacer la cena. Cocinamos nosotros (Sebas y Sandra) un pastel de carne que pareció gustar (se lo comieron todo).
Jason nos dejó dormir en la nueva casa de su padre (con 4 habitaciones nuevecitas). La verdad es que todo fué genial con él y con Miren, y nos fuimos a la cama encantados de haber decidido conocer Tasmania con ellos.
La primera parada era el Parque Nacional de Frecynet. La verdad es que nosotros no tenÃamos ni idea de lo que Ãbamos a ver, pero el parque sale en todas las guÃas.
En cuanto llegamos al parque tuvimos la gran experiencia del dÃa. Para un australiano, supongo que nuestra reacción fué muy infantil, pero la verdad es que la primera vez que ves un canguro (o un wallabee) flipas. Es como tantas otras cosas del viaje…sencillamente no te crees que te esté pasando a tÃ.
Después de darle de comer galleta tras galleta y de ver como con cada galleta llegaban 2 wallabees más, decidimos empezar a caminar hacia el parque.
La caminata dura 2 horas (ida y vuelta) y lo más destacado son las formaciones rocosas del camino, la flora y por supuesto el paisaje que se ve desde la montaña.
La playa también era bonita…pero ya se sabe que en tema de playas estamos muy exigentes.
El parque estuvo muy bien, no tanto como Nueva Zelanda (esa comparación nos está matando!) pero la experiencia con los wallabees nos alegró el dÃa.
Y justo cuando pensábamos que los wallabees (versión pequeña de los canguros) eran la leche…nos metemos en una reserva natural (especie de zoológico con algunos bichos libres) donde vemos DE TODO.
Canguros
Koalas
Serpientes ultravenenosas
Wombats
Loros y pájaros con colores increibles
Emús
Y la estrella…DEMONIOS DE TASMANIA! Además, los alimentaron para nosotros, con lo que pudimos verlo a menos de 30 centÃmetros mientras se jalaba una pata de algo (en 5 minutos solo quedaban huesos).
El dÃa fué genial, no sólo por los animales (habÃamos decidido que si Nueva Zelanda nos ofreció paisajes, Australia deberÃa ser un viajes zoológico), sino porque cada vez nos llevábamos mejor con Miren y Jason (la china era cosa aparte…era como un fantasma, y la pregunta “¿Dónde está Suse?” fue casi una muletilla del viaje)
Ese dÃa dormimos en un hostal pequeño aunque acogedor, donde otra vez se demostró que el servicio de atención al cliente de Tasmania es horrible (reconocido por ellos mismos). Aún asÃ, un dÃa redondo.
No pudimos evitarlo. Nos molan las destinaciones raras (o por lo menos lo que es raro para un españolito) y estar en Tasmania era tan remoto como irse a Borneo. ¿A quién conoces tú que haya ido a Tasmania? ¡Pero si hasta ayer pensábamos que Tasmania era un invento de la Warner!
Pues no. Tasmania existe. Y los Demonios de Tasmania también. Y allà nos fuimos a comprobarlo, como dirÃan en los reality show de la tele.
Salimos de Melbourne a las tantas de la madrugada (algo que se está haciendo costumbre) y llegamos temprano a Hobart, la capital de Tasmania. La primera impresión fue la de haber vuelto a Nueva Zelanda: una ciudad limpia, ordenada, pequeña y tranquila (de hecho era domingo, y la tranquilidad rozaba el nivel “pueblo fantasma”).
Supongo que nos habrÃamos fijado más en Hobart si no hubiésemos visto otras “ciudades-pueblecito” en Nueva Zelanda. El caso es que decidimos descansar en el hostal todo el dÃa.
Al dÃa siguiente nos fuimos a la compañÃa de alquiler de coches (Lo-cost rentals) para alquilar el cochecito más barato y hacernos la isla. La sorpresa fué que el servicio de atención al cliente fué malÃsimo y los precios era más altos de lo que aparecÃa en Internet. Al final decidimos volver sin coche al hostal para pensar una nueva estrategia.
HabÃamos visto un cartel en el hostal en el que se ofrecÃa lo siguiente:
Sacamos cuentas y vimos que, a pesar de ser muy justo de tiempo (nosotros tenÃamos 5 dÃas y ellos lo hacÃan todo en 3) era realmente barato. Y el hecho de que uno de los que publicaban el anuncio hablase español nos hizo decidirnos.
Llamamos a Miren (la chica española) y quedamos ese mismo dÃa para conocer los detalles. En realidad los detalles estaban claros en el papel…era más bien para ver si nos caÃamos bien. Y nos caÃmos genial desde el principio.
Otro dÃa sin hacer nada en Hobart. Bueno, nada excepto estar de vacaciones, claro.
Al dÃa siguiente, a las 6:30 de la mañana, salimos con Jason (el conductor, nacido en Tasmania), Miren (de Pamplona) y Suse (una china que vivÃa en Shangai) en una furgoneta roja repleta hasta los topes de mochilas, bolsas de comida y aparatos electrónicos raros como una nevera para enfriar las cervezas con la baterÃa del coche.
Asà empezó la aventura. Asà conocimos Tasmania.