Hvar

Tras un trayecto de 2 horas en ferry y mil y pico kunas llegamos a Hvar, la isla más soleada de Croacia…a nosotros nos llovía.

El apartamento tenía unas vistas espectaculares, era muy cómodo, perfecto para unas vacaciones, pero veíamos caer el diluvio universal durante toda la tarde, así que  aprovechamos para descansar un rato del ritmo frenético ya acumulado desde que salimos de Barcelona.

Cuando amainó salimos a pasear cuando ya oscurecía. Salimos al paseo marítimo, entre callejuelas. El paseo era muy bonito, con casas de piedras, luces nocturnas y garitos de moda. En el puerto la gente joven pudiente se montaba la fiesta en sus yates privados, mucho dinero es lo que vimos, o al menos la expresión del mismo. Aquí estaba la gente rica y fashion… y nosotros con nuestros niños y modelitos de Decathlon.

Paseamos un rato por la plaza, una de las más bonitas, con una fortificación en lo alto de la montaña (Hvar era una ciudad medieval veneciana).

Nos sentamos a cenar en un local llamado Bounty, recomendado en una guía junto al puerto. Las sillas estaban mojadas por lo que había llovido y nos trajeron cojines. Hugo se puso de pie en ellos y el camarero le dijo a Sebas: “que no ponga los pies en los cojines, él es un niño pero vosotros no”. Bien, ante esta situación Sandra no se contiene y le contesta que los niños son impredecibles y aunque los vigilemos puede haber momentos en que se suban, a lo que es imbécil del camarero pregunta: “ah, no los vigiláis?”. Así que nosotros dos nos miramos y le decimos al resto del grupo que nos vamos del local, que en el local de ese impresentable no pensábamos cenar. Sebas le dice que está claro que él no está acostumbrado a tratar con niños y que se notaba, Sandra no tan amable le dice que ha sido un grosero para resumir.

La cosa nos favorece  y encontramos un lugar más recogido con camareros muy amables, más barato y al lado de los garitos de moda donde ponían música muy bailonga y donde pasaba toda la gente “guapa” de la isla.

Nos fuimos a dormir, pensando que pasaría si tuviésemos 10 años menos y sin hijos…

El día siguiente amaneció con sol y con lo que se tarda en leer esta frase ya estábamos desayunados, con los bañadores puestos y con las toallas tendidas en las (in)cómodas piedras de una playa muy cercana a nuestro apartamento y con un agua clara, clara, clara y turquesa espectacular.

No se como nos las apañamos pero estábamos al lado de uno de los hoteles más exclusivos de la isla: Ámfora. No vimos ningún famoso. Como siempre que llegamos a algún sitio con nuestros hijos y los de los demás, en total 6, jodemos la paz del ambiente. Los niños jugaron, nadaros, vieron peces, no corrieron porque es difícil y muy doloroso correr en estas playas, pero se lo pasaron genial. Los grandes también, incluso conseguimos que Remei se pegase un bañito.

Para acabar de rematar la suerte, comimos mirando el mar y nos tumbamos en unos sofás cercanos a la playa a modo de chill out mientras tomábamos nuestros cafés. De fondo música Café del Mar.

Recogimos el tenderete y nos fuimos al centro a verlo de día – sigue teniendo la misma vidilla y encanto. No está nada mal esta isla, aunque te la ciudad te la acabas en 1 hora.

Por la noche, Ana y Martín, sobretodo Martín que empezaba a incubar algo, se retiraban a su apartamento a descansar, mientras nosotros con Remei y Joan Carles cenábamos en nuestra terraza con unas vistas increíbles del mar y la luna llena, con unas cervezitas y licor de nueces. Se nos da por hablar en los momentos más inoportunos hasta las tantas, al día siguiente nos teníamos que levantar a las 5.30 para coger un ferry a las 7.45, y el día iba a ser muuuy largo.

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