Cataratas de Iguazú: Lado Argentino

Esta entrada pertenece a la serie Brasil
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Madrugamos, desayunamos y salimos temprano.

Cruzamos la frontera sin problemas y cambiamos euros por pesos. El cambio está a 5,5 pesos por euro…una barbaridad (estaba 4 a 1 en 2003, y ya era mucho). Sin embargo esta devaluación no es como aquella…los precios están muy altos. Para nosotros sigue siendo aceptable, pero para ellos es carísimo.

Entramos en el parque y la primera novedad fueron las mariposas. Os podéis imaginar la fiesta que se montó cuando las mariposas se posaron sobre las manos de Hugo o cuando veía decenas de ellas volando a su alrededor.

Esto nos acompañó todo el día, al grito de “Posa, Posa”.

Nada más entrar, Sandra y Hugo inmortalizaron su paseo por ahí estampando las huellas del carro y las de Hugo en cemento fresco. Hugo, si estás leyendo esto y vuelves a las Cataratas algún día, busca estas papeleras, que ahí estará tu huella.

Contratamos el paseo en barco (por el rio tranquilo) y el paseo en lancha que te lleva “debajo” de las cataratas. Desembolsamos un montón de pesos por ambas excursiones y empezamos a caminar hacia la Garganta del Diablo.

La caminata fue lenta y pesada, porque los niños se querían bajar a caminar, pararse a ver mariposas, etc.

De hecho, si le preguntáis a Hugo qué vimos hoy os diría: Posas (Mariposas), Agua Grande y…un TREN! El tren ecológico causó sensación.

Bajamos del tren (Hugo le dió un beso al tren) y casi 1 kilómetro de pasarelas después, por fin llegamos a la Garganta.

Lo primero: observar, maravillarse y disfrutar. Cuando esto estuvo hecho, nos resarcimos en el tema fotográfico. Hugo lo bautizó como “Agua Grande!”

Cada poco tiempo, el viento nos traía el agua en suspensión y era como si lloviese intensamente por unos segundos. Entonces corríamos a tapar a Hugo y la cámara con nuestros cuerpos.

Cuando nos cansamos de hacer fotos y de mojarnos, volvimos por la pasarela hasta nuestro paseo en barco (en lugar del tren de vuelta).

Fue un paseo tranquilo con avistamiento de cocodrilos (yacarés) y algún dato interesante sobre la flora local.

Como dato interesante para las abuelas y en nuestro ranking de irresponsabilidades con niños, la lancha pasaba a 150 metros de las cataratas (veíamos el límite desde la lancha).

Nos dejaron en tierra y empezamos a caminar por el circuito inferior. A partir de aquí se puede resumir directamente con las fotos (aunque el ruido de las cataratas, la visión panorámica y las trombas de agua hay que vivirlas in situ).

Ni siquiera pudimos parar a comer. Compramos unos bocatas de milanesa y comimos por el camino, cuidándonos mucho de los coatís, unos carroñeros muy majos pero muy agresivos en cuanto huelen la más mínima presencia de comida (muerden y arañan). Eso sí, los enanos disfrutaron mucho con decenas de estos bichos rondándoles (padres irresponsables, again)

A las 17:30 nos cerraron el parque…pero tuvimos la tremenda suerte de llegar a Iguazú con luna llena…y contratamos el tour nocturno que sólo se hace con luna llena. Nos costó casi 1000 pesos para los 4, con cena incluida, pero apostamos a que valdría la pena.

Y así fue.

No podemos explicar cómo se ven las Cataratas a plena luz de luna, y fue imposible sacar fotos que reflejaran realmente lo que vimos. No os imagináis la rabia que da tener una cámara que puede hacer el trabajo, pero no tener ni trípode ni los conocimientos para conseguir la foto perfecta.

Sin duda es una imagen que se nos ha quedado grabada. El agua de color plata cayendo con esa fuerza…la luna parecía un faro, ni una sola nube en el cielo. Precioso.

Volvimos cansados, mojadísimos y pelados de frio (Hugo iba bien abrigado y seco), pero el día fue completamente perfecto y con tantas cosas por recordar que las experiencias de la mañana ya nos parecían lejanas.

Mañana nos toca el lado brasileño, pero lo de hoy ha sido insuperable.

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