Tres días en la jungla de Chiang Mai

Esta entrada pertenece a la serie Taliandia - Segunda Visita
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Al día siguiente de nuestra experiencia con los elefantes, descansamos y preparamos nuestras maletas para hacer un trekking por la jungla.

Nos costó encontrar lo que buscábamos, un guía respaldado por una agencia que no se dedicasen a vender paquetes con actividades y ver alguna tribu de forma superficial e irresponsable (como contaminando el poblado, gastando sus recursos naturales sin aportar al poblado experiencia o refuerzo positivo alguno).

Encontramos a Trekking Collective, enseguida Karoline (la manager) detectó lo que andábamos buscando y eso nos ofreció. Un tour privado para nosotros dos, un trekking cultural que más que andar estaríamos interactuando con los poblados y hospedándonos en sus casas.

La agencia cobraba un poco más que otras agencias pero tras conocer a nuestro guía Chaiyan y los tres días de charlas, descubrimos que tanto él como Karoline (su mujer) eran una ong andante. Gracias a subir un poco el precio del tour pueden aportar algo a la comunidad tribal. Ya sea consiguiendo sábanas para los niños de las escuelas donde los niños se quedan a dormir, vacas para otro poblado, cerdos para otra o un proyecto más ambicioso como es el educar a los poblados para que abandonen sus tradicionales formas de cultivo que incluyen la quema de jungla favoreciendo la deforestación.

PRIMER DIA

Salimos con nuestras mochilas donde intentamos empacar lo mínimo, aún así se hacían pesadas para cargarlas durante todo el día. Después de unas 3 ó 4 horas de jeep, llegamos a un camino donde nuestro guía nos dice que nos bajemos que a partir de ahí avanzaríamos andando. El jeep llevaba nuestras cosas al primer poblado adelantándose a nuestra llegada y aliviando nuestras espaldas. Hacía sol y nos habíamos olvidado los gorros en la mochila. Chaiyan nos hizo unos gorros improvisados la mar de livianos y que se volaban en cuanto soplaba un pelín de viento.

En el camino encontramos una serpiente muerta (acababa de ser atropellada por el mismo coche que nos cruzamos antes). Según el guía, era muy venenosa (si no está muerta, ni de coña tendríamos foto)

Después de 6 Km llegamos al poblado de la tribu Lahu. Provienen del sur de China, de hecho celebran el año nuevo a la vez que el chino. El poblado era muy básico y cuando llegamos casi no había gente pues estaban todos trabajando en sus campos. Algunos tienen unas 2 horas de camino (por caminitos que en la época de lluvias son una tortura) hasta llegar a sus tierras. Todos se dedican a la agricultura, además de tener gallinas, cerdos y vacas para su subsistencia. Aprovechan todo del campo, lo que se les pueda ofrecer: renacuajos para vender en el mercado, gusanos de bambú, hierbas, lo que sea, simple life decía Chaiyan.

A nosotros nos parecía una vida bastante dura. Dimos una vuelta de reconocimiento al pueblo (de unos 300 habitantes) y fuimos a la casa de nuestro anfitrión: el hombre de los espíritus (spirit man).

Este señor, que es un hombre normal es el que arregla los problemas de espíritu (como un psicólogo), el que se comunica con su dios Sacha (que es vegetariano) , esa clase de cosas que hacen los hombres santos.

Si tienen que matar un vaca para comer, hacen una ceremonia para pedir al dios que es vegetariano como hemos dicho antes, que no se enfade con el pueblo.

La verdad es que la función de este “spirit man” muy interesante. Cada luna llena llevan a cabo una ceremonia en el templo local (pudimos entrar en el templo gracias a que nuestro guía era considerado uno de ellos por los diversos favores que les había hecho), en la que todo bailan hasta que alguno de ellos entra en trance (mujeres, ancianos, niños, hombres, cualquier). La persona en trance habla en galimatías incomprensibles, que sólo el “spirit man” entiende y traduce.

En realidad es el Dios el que entiende, y le susurra al oído al hombre de los espíritus. Siempre son problemas del pueblo, lecciones o reprimendas (no te acuestes con la mujer del pepito, no le robes la comida a los cerdos de juanito, etc.). No se dicen nombres…sino algo así como “Sacha dice que alguno de nosotros se está acostando con la mujer de otro, y que si no deja de hacerlo lo castigará”.

Es como una terapia de grupo en la que el confesor del pueblo (este tío es el que intermedia en casi todo lo del día a día y se entera de todo) expone las vergüenzas del pueblo en comunidad y se “limpian” las heridas. Al hacerlo de ese modo no hay conflicto directo, se salva la cara de ambas partes y no se pone en entredicho al árbitro (que no es otro que Dios). Un buen sistema para garantizar la convivencia en una aldea pequeña y sin más ley que la que ellos se quieran poner.

Es curioso como los hombres, de forma colectiva, construyen sistemas más complejos de lo que uno solo de ellos comprendería. Es la hormiga que no entiende la inteligencia del hormiguero.

Otros datos: las mujeres se casan a los 13-16 años y empiezan a tener niños. Cuando tienen invitados no comen con ellos, comen después. Da igual si es desayuno, comida o cena, el chile picante a cara perro siempre es bienvenido.

No llevan ropas tradicionales porque se tejían con las fibras de la marihuana, y desde que es ilegal no la cultivan (las camisetas son más prácticas).

Hay muchos otros datos sobre sus tradiciones y cultura que no pondremos para no parecer la Wikipedia, pero la experiencia fue muy interesante. No te pasas el día muerto de risa ni hay chutes de adrenalina…es todo muy pausado y cada cosa te da mucho que pensar. Estar en medio de su día a día te hace sentir en otro planeta. Casi te olvidas de la ducha a base de ollas y de la cama en el suelo (la noche fue horrible, entre ronquidos, gallos cantando y cencerros de las vacas).

SEGUNDO DÍA

Desayunamos un par de huevos fritos, tostadas y té (cualquiera diría que era un hotel, pero era el guía que se apañaba bien con los fuegos)

Resumiendo: nos tocaba caminar 4,5 horas hasta el siguiente poblado. Lo hicimos en 3:40, con lo que nos ganamos la consideración de “Good walkers” por parte de nuestro guía.

Llegamos al pueblo de los Akka. Más arriba en la montaña vivían los Lisu, pero iríamos a verlos el tercer día. Nos hospedamos en la casa del jefe del pueblo (algo así como un alcalde)

El alojamiento, en comparación con el anterior, era casi un resort 5 estrellas. Teníamos una mesa donde sentarnos, un lavabo y hasta una ducha fría. Todo lujos!

Nos bañamos un poquito en el riachuelo que pasaba por el pueblo, y tuvimos a varios chavales mirándonos fijamente durante más de 5 minutos. Algunos sorprendidos, los más pequeños atemorizados. Estamos seguros de que para los más pequeños éramos los primeros guiris en su vida.

Fuimos a hablar un rato con los Akka (el “spirit man” de los Akka y otro personaje importante). Todos por encima de los 80 años. Los Akka, a pesar de ser más risueños que los Lahu, tienen una cultura que choca más frontalmente con la nuestra.

Para empezar, es una cultura 100% machista. La mujer trabaja y obedece. Siempre. Así de sencillo. Las cuidan como tesoros hasta que se casan (antes de casarse pueden estar con varios novios a la vez, hasta que se quedan embarazadas de alguno de ellos y eligen al padre, que no tiene porqué ser el bilógico). Una vez casadas, las explotan como a burras.

Si una mujer se separa, tiene 2 semanas para vivir en casa de sus padres hasta que encuentre nuevo marido. Si no lo encuentra, tiene que buscarse la vida fuera de todos modos. También nos explicaron otras anécdotas sobre cómo celebran el año nuevo o sobre el cortejo…pero lo que más nos impresionó fue una historia sobre superstición: una tribu Akka se asentó en un valle (en lugar de hacerlo en la ladera de una colina como siempre). Ese año nacieron gemelos. La aldea se inundó.

En el mundo que conocemos, habríamos trasladado el poblado a la colina y nos habríamos olvidado de los valles. Los Akka hicieron eso, y además mataron a los gemelos. Desde entonces, cuando nacen gemelos, los matan y destierran a sus padres por 1 año. ¿Bonito eh? Para que nos quejemos de nuestras paridas.

Volvimos a nuestro refugio y cenamos con el jefe. Le preguntamos unas cuantas cosas sobre el pueblo, sobre la política local, etc. Al final resultó ser más un “representante” del pueblo ante las autoridades que otra cosa.

Una de las cosas más interesantes es que dejaron de vestir su indumentaria tradicional desde que les prohibieron cultivar Opio. El opio les resultaba tan rentable que tenían tiempo libre para hacerse la ropa. Desde que se ganan la vida con la agricultura menos rentable (maíz, arroz, etc.) visten camisetas y tejanos.

La noche volvió a ser horrible, esta vez sin almohadas y con mucho frío.

TERCER DÍA

Otro desayuno, despedida y agradecimiento al jefe. Caminamos unas 3 horas, y el jeep que venía a buscarnos nos salvó la vida. Nos llevaron a otra aldea, Karen, pero las explicaciones fueron muy rápidas. No encontramos a nadie, estaban todos en el campo.

Teníamos que volver pronto a Chiang Mai para tomar una ducha, empaquetar las cosas y tomar el autobús a Sukhothai. Todo según lo planeado.

El autobús tardó 5,5 horas en llegar. La cama ese día fue excelente y recuperamos sueño.

No tenemos un conclusión clara y única sobre estos 3 días. Es una experiencia que nos costará tiempo procesar, pero es algo que no se olvida. Te devuelve a un momento muy primitivo y a cosas muy básicas. Sea como sea, hemos sobrevivido y estamos contentos de haberlo hecho.

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