Luxor, dos cartones de leche

Esta entrada pertenece a la serie Egipto
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Llegamos con retraso a la estación de Luxor, en vez de a las 6:10 de la mañana eran casi las nueve. El camarero de nuestro vagón, como no, reclamó su propina. Aquí todo el mundo quiere propina, para ir al lavabo incluso dentro de un recinto en el que has pagado entrada, si te dicen dos frases dentro de un monumento, etc.

Como pringados cogimos un taxi por 20 libras a nuestro hotel. Nos creímos que Luxor tenía un millón de habitantes y que nuestro hotel estaba a 6 kilómetros del Templo de Karnak. En realidad Luxor tiene unos 150.000 habitantes y el templo en cuestión está como mucho a un  kilómetro.

Las bandadas de taxis van detrás de los guiris como nosotros sin tregua, todo el mundo te ofrece algo. Nos estamos acostumbrando.

Cuando subimos a nuestras habitaciones nos sentimos reconfortados: amplias, limpias y con piscina en la terraza. Aunque algunos de nosotros no descansamos y la cama parecía más que apetecible, no nos permitimos el lujo de acercarnos para no caer en la tentación. Dejamos nuestras cosas y salimos  rumbo a Karnak.

A la llegada ya se ven los autocares llenos y las hordas de turistas bajo un sol que ya pica de buena mañana. Va a ser un día duro, pensamos.

El templo de Karnak estaba dedicado al culto del dios Amón. Nada más entrar se ve dos pilonos precedido por una avenida de esfinges con cabeza de carnero, símbolo del dios Amón. Durante siglos fue el centro religioso más influyente de Egipto.

La entrada es espectacular, sobre todo si es el primer templo que visitas. Nos quedamos embobados con las murallas de entrada y el patio durante media hora.

Cuando pensábamos que habíamos visto lo mejor, entramos en ese patio de columnas (sala hipóstila) y faltaban las palabras (que feo es que todo lo que le sale a uno son expresiones de la infancia, como “flipante”).

Nos entretuvimos ahí otra media hora (3 veces más que la horda de turistas media, cuyas oleadas pasaban cada 10 minutos), sacando decenas de fotos sin poder meter en una sola lo fantástico de ese lugar.

El templo seguía y seguía ofreciendo nuevos espacios, estatuas e inscripciones, pero nada igualó la impresión que sentimos al entrar a esas sala. Aún así pasamos más de 3 horas y media en Karnak, hasta que el sol y el cansancio pudieron con nosotros.

Volvimos al hotel. Jordi, Fani y Sandra se fueron a la piscina. Sebas durmió una siesta larga hasta las 17:00. A esa hora decidimos ir al templo de Luxor (a 500 metros de nuestro hotel) a ver el atardecer sobre el templo.

Entre una cosa y otra llegamos cuando el sol ya se había puesto y encendían las luces que iluminaban el templo de noche. Es una forma muy distinta de ver un templo (con iluminación artificial), en absoluto menos bonita que con la luz del día.

Nos permitimos el capricho de pagar 80 LE (10 €) por cuatro helados en una terraza justo delante del templo y empezamos a caminar por el mercado local.

El mercado local es como todos los mercados para turistas (véase El Cairo), lleno de baratijas y vendedores muy pesados invadiendo tu espacio vital de 3 en 3. Hasta que de pronto, se acaba. De repente dejas de oír a los vendedores y las tiendas ya no tienen suvenires peluqueros, farmacias, tiendas de comida…volvimos a entrar en el verdadero mercado local.

Después de unas 10 calles por el mercado real (nada que ver con el turístico, aquí la pobreza se ve y se toca) nos metimos por error en uno de los barrios obreros. Edificios sin acabar, sin ventanas y con mínima iluminación en las calles. La gente nos saludaba amable y empezamos a sumar una cola de niños a nuestro alrededor. Jordi se asustó un poco y decidimos salir de ahí, con la cola de niños a nuestras espaldas.

Eran aproximadamente unos 6 niños, entre los 6 y los 10 años. La mayor de todos era una niña con unos ojos enormes y un pelo rizado que le llegaba hasta la cintura. Enseguida se pegó a Sebastián mientras los otros niños iban pidiendo de uno a otro.

Pasaron unas calesas de caballos llenas de japoneses por el mercado local y casi todos los niños nos abandonaron para ir a perseguir japoneses. Todos menos la niña, que le decía con gestos a Sebastián que no les hiciera caso, como disculpándose por su “rapacidad”. La niña no hablaba ni palabra de inglés.

Sebas – Eh, gente! Creo que esta niña intenta decirnos algo que va más allá de pedir dinero. Ha dicho algo de madre y me ha señalado…o quiere que la adoptemos o alguna otra cosa, pero no es sólo dinero

El grupo – Anda! Deja de filosofar, que lo que quiere es dinero, como todos

Sebas – No lo sé…tengo la impresión de que hay algo más. Sandra (la que lleva el dinero), cómprale algo en esa tienda que nos está señalando

Sandra – Ok, le compro la Coca Cola para que nos deje tranquilos.

Y entonces es cuando una niña de 10 años nos da una lección de humanidad que nos deja a todos a la altura de las cucarachas. En lugar de señalar uno de tantos caprichos que un niño te pediría, nos pide un cartón de leche. Le pedimos al tendero que nos dé 2 y nos cobra una cantidad exagerada. Sandra entra en cólera explicándole que era para la niña, que qué clase de buitre era para estafarnos incluso cuando estábamos intentando ayudar a alguien. Al final pagamos los 2 cartones.

La niña le da 2 besos de enorme gratitud a Sandra, nos saluda y se va. Lo que intentaba decirle a Sebas es que tenían un niño pequeño (baby) y que necesitaban darle leche.

Eso nos marcó toda la noche. La altura moral de la niña (cuidando de su familia a esa edad) y la bajeza del vendedor…sumada a nuestra manía occidental de presuponer siempre malicia se nos quedó en la cabeza hasta bastante entrada la noche.

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