Cuando Sebas tenía 12 años y esperaba en Buenos Aires a que sus padres enviasen los pasajes para emigrar a España, a él y a sus hermanos les encantaba ver un programa de TV en casa de su abuela: Aunque usted no lo crea, de Ripley.
Ripley fué un sujeto interesante de principios del siglo XX que dedicó su vida a recopilar todo lo extraño de este mundo. Desde vacas de dos cabezas hasta rituales de tribus perdidas en medio de África (hablamos de África de 1930, no de la de ahora).
El programa lo presentaba Jack Palance (un actor que se hizo famoso haciendo de malo en pelis de vaqueros) y con él Sebas descubrió que tenía un don: era capaz de recordar cantidades ingentes de cosas y datos siempre y cuando estas fueran inútiles (ese don es el que hoy le permite recordar los diálogos de Los Simpson o las tiras de Mafalda)
Por todo eso, cuando vimos que el Gran Museo de Ripley estaba en New York (es el mayor de la red de museos de este tipo), no pudimos resistirnos.
Esa fue la primera actividad del día de hoy. Nos pasamos horas dentro y la verdad es que fué divertido. Sin embargo la conclusión fue que Sebas era más impresionable cuando tenía 12 años que ahora (sobretodo después de haber recorrido medio mundo). Si la gente viajase un poco más, estos museos estarían vacíos (por cierto, lo que Sandra sostiene en el guante es un pedazo de Marte…sí el planeta!)
La siguiente parada fué Grand Central Station, la histórica estación central de ferrocarriles que, para variar, hemos visto en multitud de películas (la última, X-Men). Es la estación de trenes más ocupada del mundo (por número de pasajeros por hora) y arquitectónicamente es admirable.
Última parada: Rockefeller Plaza.
Subimos los 67 pisos de este mastodonte (decorado hoy con las barras y estrellas con motivo de las elecciones de Mañana) en 43 segundos. Sí…eso es más de 1 piso por segundo…y nos deleitamos con las vistas.
Se nos pasó 1 hora allá arriba sin que nos diésemos cuenta. Así de cautivadoras eran las vistas.
Además de la panorámica, nuestros 36$ nos dieron acceso a una sala con luces que cambiaban según te movías. Raro…pero divertido.
Y que más? Bueno…cenamos en Time Square por 25$…y ahora estamos en el hostal recuperándonos de otro día frenético.
Mañana vamos a visitar a la dama más famosa del país. Adivináis quien?
Qué es lo que no se hace el domingo? Madrugar. Y que hicimos? Madrugar.
Habíamos contratado una especie de Tour por Harlem que incluía ir a ver una misa Gospel, algo que a Sandra siempre le había hecho mucha ilusión.
El tour fué un paseo con nuestro guía, un neoyorkino nacido en el Bronx que sabía mil historias sobre el barrio.
Nos mostró lugares históricos, leyendas locales, arquitectura, etc. Fue muy instructivo y ameno (nada de agencia de viajes…muy de tú a tú) y nos costó sólo 10 dólares por cabeza.
Harlem tiene todavía el encanto de las pelis de negros de los 70, pero ya no le queda mucho (por suerte) de su fama de “tierra de nadie” o lugar peligroso. La verdad es que nos costó distinguir donde terminaba Harlem y donde empezaban los barrios colindantes.
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Lo mejor del domingo fué sin duda la misa. Tal y como las hemos visto en las películas, los negros se emocionan y viven su espiritualidad a través del canto y el baile. Sus discursos son ascendentes y apasionados. Nada que ver con la iglesia católica romana blanca (tristeza, solemnidad, austeridad). A estos, si les pones unos focos y un poco de humo, se montan un Studio 54 en un plis.
Todo merecía una foto, pero estábamos en las filas de atrás y por respeto no quisimos poner el flash, así que las fotos salen un poco movidas.
El vídeo es muuucho mejor.
Salimos de ahí encantados y seguros de que si hubiésemos querido casarnos, lo haríamos con un coro de negros gritando las excelencias del amor conyugal a nuestras espaldas. Aleluya! In the name of Jesus!
De ahí nos fuimos a ver la Zona Cero (donde antes había dos torres gemelas y ahora hay un gran hoyo en el que van a construir algo). Poco que ver…aunque se vendían algunos libros con fotos de la tragedia y tal. Nos vinieron a la mente unas cuantas opiniones que convenientemente nos callamos.
De ahí nos fuimos al lugar donde se fraguó el desastre que ahora nos está costando sangre sudor y lágrimas: Wall Street.
La verdad es que es un edificio nada impresionante (en comparación a una biblioteca en Sydney, por ejemplo). Es increíble que el destino del planeta se maneje en un lugar tan pequeño. Y no, no tuvimos valor para escupir o mearnos en la fachada…pero hicimos fotos feas como esta. Algo es algo.
Un par de calles más adelante nos sentamos a contemplar el famoso Puente de Brooklin. Estábamos realmente agotados.
Volvimos al hostal y nos fuimos a dormir temprano. ¿Se puede hacer más en un sólo día? Bueno…nos perdimos el Marathon de New York!
Al día siguiente estábamos preparados para comernos la ciudad. Después de un desayuno liviano nos fuimos a Central Park.
Central Park es el parque y pulmón de la ciudad, enorme, antes gozaba de mala fama por eso de que se encontraban cadáveres, yonquis y todas esas cosas de sobras conocidas por las películas. Ahora la concesión la tiene una empresa privada y el parque es mucho más seguro.
Nos tocó un día soleado, ideal para el paseo y todo el mundo aprovechó para salir a correr o hacer un poco de gimnasia.
Entramos por la calle 96 y nos pateamos todo el parque hacia Midtown a la altura de la calle 59, una pateada de cuidado. Dentro de Central Park hay un zoológico, un campo de béisbol, unas canchas de tenis, museos y lagos. No es un parque pateable para un ratito. Pero nosotros lo hicimos con un par.
Vimos los preparativos de la Maratón de New York para el día siguiente, había ambiente. Cogimos la calle Broadway a la altura de la 59 y empezamos a caminar en dirección a Times Square. Allí estábamos en medio de todo el mogollón, de las luces, los carteles gigantes, las limusinas, las tiendas pijas…neón para regalar, pero todavía apagado.
Caminando caminando llegamos al Empire State, ese edificio donde se sube King Kong y se tiran los suicidas. Decidimos no subir, en parte porque era fin de semana (y estaría hasta los topes) y en parte porque teníamos otro edificio enorme en mente (el Rockefeller Plaza)
Os suenan todos estos nombres? A nosotros también. Sentimos que hemos estado aquí antes, que conocemos los lugares y a la gente. La tele nos tiene acostumbrados a todo esto.
Por último, fuimos al supermercado a hacer la compra…y salimos con la cesta vacía. Aquí hacerte la comida es más caro que comerla fuera (si lo que te quieres cocinar es fresco o verdura). La comida basura (congelados, fritos, artificiales) es barata y los brócolis por las nubes. Así va el mundo.