Pink Flamingos

Esta entrada pertenece a la serie México
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Nos quedaba un último día en Mérida, y no un día cualquiera. Era 15 de septiembre, día de la declaración de la Independencia Mexicana (de la «Europa opresora», tal y cómo se escribió en su día).

Decidimos ocupar el día con algo, porque la fiesta era por la noche. Después de ver Chichen Itzá, Uxmal y los Cenotes, lo único que quedaba era Celestún.

Ceslestún es un santuario natural de aves (cormoranes, pelícanos, gaviotas, patos) y especialmente de flamencos (esos pájaros rosa que se ponen de una pata y son perfectos para tener uno de plástico en el jardín). Además cuenta con algunas atracciones naturales como el Manglar (Mangroove en tierras anglosajonas) y un cenote llamado «El Ojo».

Llegamos después de 2 horas y media de autobús de segunda (un autobús pasa de primera a segunda cuando el aire acondicionado se muere), sudados y cansados. Comimos muy bien (pero a ritmo caribeño) en un restaurante de la plaza. El pueblo era de estampa: calles desiertas y polvorientas, sol de justicia y todo el pueblo medio dormido a la sombra de la iglesia y de los árboles. Faltaba Emiliano Zapata a lomos de su caballo.

En la playa encontramos a los de las cooperativas. Por un lado los de las lanchas (la cooperativa de los hombres) y por otro el de las artesanas (sólo mujeres). El pueblo entero parecía dividido en estos dos trabajos (aparte de restaurantes y hoteles).

Sandra cayó en la tentación y compró una pulsera de conchas a un precio ridículo. Cada vez resulta más difícil no comprar chucherías.

Por 150 pesos nos montaron con otros 2 mexicanos y 4 rusas (¿qué se les ha perdido aquí? no pegan ni con cola con los mexicanos!) en una lancha de dudosa estabilidad.

Vimos bastantes pájaros de camino a las atracciones principales. Cormoranes y pelícanos. Le explicamos al capitán de la lancha que en China los cormoranes se usan para pescar y le hizo bastante gracia.

Y por fin los flamencos. Desgraciadamente el puto huracán de las narices (el mismo que casi hace imposible ver al tiburón ballena, y del mismo tipo de los que han destruido los corales de Isla Mujeres) había subido las mareas. Resultado: 30 flamencos donde normalmente podríamos ver miles.

Claro que fue una decepción. Claro que esperábamos a los mil flamencos…pero con la suerte que tenemos en los avistamientos de animales, nos dimos con  un canto en los dientes de poder verlos tan de cerca. Su color rosa (que adquieren por comer camarones) es precioso, sobretodo cuando despliegan las alas.

De ahí nos fuimos al bosque petrificado…donde tampooooco pudimos bajar de la lancha a verlo por la dichosa marea. Aún así, la vista era bonita.

Al manglar nos metíó a toda leche. Pensamos que íbamos a chocar con los árboles, pero era todo un truco. Había un túnel y pasamos sin problemas. Fue lo mejor del viaje. El manglar es algo tétrico, pero la sensación de navegar entre esos árboles es muy de «película del monstruo del pantano».

La marea había lavado las raíces del manglar y el cenote estaba teñido de rojo. El agua no era cristalina ni de lejos y era poco agradable para bañarse. También nos perdimos eso.

Nos volvimos contentos a Mérida, más que nada por haber visto algún flamenco, por los manglares y por haber llenado el día con algo que nos mantuvo entretenidos.

De vuelta en Mérida nos encontramos con todos los preparativos para la fiesta. Nos fuimos a duchar y a eso de las 21:00 salimos a cenar.

A las 23:00 sería el grito de independencia. O «El Grito», como le llaman ellos.

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