Otro madrugón más. Nos levantamos a las 3 y media de la madrugada para coger la furgoneta infernal que nos llevarÃa desde Antigua (Guatemala) a Copán (Honduras). La furgoneta como siempre iba hasta los topes.
El conductor de la furgoneta, que era prudente para los estándares del paÃs, se presignaba cada vez que pasábamos zonas de derrumbes, lo cual era bastante frecuente. Buena onda.
Llegamos a la frontera después de unas seis horas de viaje. No podÃa ser más chiringuitero. De nuevo, nos indicaron los puestos de inmigración porque no se distinguen de un puesto de venta de refrescos. El trámite fácil y ya empezaron ahà las diferencias entre centroamericano y extranjero. Ellos no pagan nada, nosotros sÃ.
Una vez pasada la frontera llegamos a Copán Ruinas, un pueblo pequeño que vive del turismo de la zona arqueológica, pero un pueblo con encanto. Algunas cosas nos sorprendieron, los seguratas llevan recortadas…..
Nos instalamos en un hotel sencillo, Mar Jenny, pero barato para lo que nos ofrecÃa. Pese no haber dormido nada y haber madrugado un montón nos fuimos a las ruinas.
Centroamericanos 50 lempiras (2 euros aprox): extranjeros 40 dólares (un abuso). Pero allá fuimos.
Las ruinas de Copán nos sorprendieron por su belleza y tranquilidad. HabÃa muy poca gente, casi todo el mundo va a ver las ruinas mayas de México y Guatemala, sólo unos pocos van a ver las de Honduras. El lugar se conservaba tal cual, en medio del bosque tropical, con musgo, con hongos. Daba la sensación de que lo habÃamos descubierto nosotros, de que estábamos perdidos en un cuento de aventuras a lo Lara Croft (ya sabes Fani).
Como todos las ciudades mayas tenÃa un campo de pelota, si bien las reglas y la estructura eran distintas a las de México. Aquà no habÃa que pasar la pelota por un aro, sino que la pelota debÃa tocar la punta de la nariz de las guacamayas.
También habÃa una gran plaza, la acrópolis y de forma distinta a lo que hayamos visto antes, la Escalinata JeroglÃfica. Parece que esta escalinata contiene el texto más largo que ha dejado la civilización maya.
El paseo estaba siendo muy agradable y nos subimos a uno de los edificios para contemplarlo todo desde arriba, cuando un hombre con camisa, pantalón, botas de agua y sombrero nos habló.
Empezamos una conversación muy tranquila, era un hombre agradable, de palabra pausada que nos explicó muchas cosas. Ambos sabÃamos el objetivo de la charla, pero querÃamos saber si serÃa capaz de ganarnos. Esta es su historia.
Su nombre es Pablo Rivera López y es un indÃgena chortÃ. TenÃamos muchas curiosidad asà que le acribillamos a preguntas. Sandra se está leyendo el libro de Rigoberta Menchú, una indÃgena guatemalteca que explicaba su historia como indÃgena en el año 82. Surgieron preguntas sobre cuál era la situación de los indÃgenas en la actualidad, era el momento de resolverlas.
Pablo gana 25 lempiras al dÃas, algo menos de un euro. Por trabajar en las ruinas durante un mes le darán 50 lempiras diarias. Le preguntamos que a donde va el dinero que el guiri se deja en la entrada, sonrÃe diciéndonos que se lo queda el gobierno. Tiene que caminar 2 horas cada dÃa desde su casa al trabajo y 2 horas de vuelta cuando termina. No tiene coche, ni caballo ni medio de transporte. A su pueblo sólo se puede acceder caminando, por un sendero, no hay carreteras.
Pablo tiene 4 hijos, las dos más pequeñas han conseguido ir a la escuela, el mayor de 16 años trabaja con él en el campo. Cuando no trabaja en las ruinas cultiva milpa, frÃjoles y comen de lo que cultivan. Sólo compran azúcar para endulzar el café. Una de sus hijas cogió pneumonia pero no tenÃa dinero para pagar los antibióticos (no son gratuitos) asà que gracias a la caridad de sus amigos pudo conseguir el tratamiento.
No suelen ir al médico, utilizan yerbas, pero ahora sà que han tenido que llevar a 3 vecinos del pueblo por un brote de Dengue Hemorrágico. Su pueblo es su comunidad y hacen todos los proyectos en común, un total de 49 familias.
Varias veces repite que no tiene estudios y que ningún indÃgena puede llegar a puestos importantes como la polÃtica. “Mira como voy, pero aún asà tengo muchos amigos, a la gente le gusta platicar conmigo”. La verdad que tiene una charla muy agradable. El calor nos consumÃa y bebimos un poco de agua,le ofrecimos porque miraba la botella con ansia. Bebió como si le fuera la vida en ello, este hombre debe llevar todo el dÃa sin beber. Se quedó la botella vacÃa para poder transportar agua al trabajo desde una cañerÃa.
Es católico, no hay la menor duda,pero sabe que no es su religión: “los indÃgenas no deberÃamos tener religión, sólo nuestras costumbres”.
Pablo y su comunidad quisieron realizar un proyecto, construir una escuela de primaria en su pueblo, pero no tenÃan dinero. La comunidad logró reunir 300 lempiras que es lo que cuesta el billete a la capital, a Tegucigalpa. Pablo fue con su proyecto a distintas embajadas para ver quien se lo subvencionaba, finalmente la embajada de Japón corrió con los gastos (es que los japos son un encanto). Nos preguntamos porqué no acudieron a su gobierno, Pablo nos contaba que no hubiesen tenido éxito.
La embajada de Japón les dio 150.000 lempiras, y Pablo relataba contento y orgulloso que tienen todas las facturas y que nadie se quedó con un mango. “Sobraron 200 lempiras . “”No hay nada más importante que ser honrado”, nos dice. “La escuela es sencilla, no tiene pintura, pero al menos los niños ya pueden ir a la escuela”, eso es de lo que se siente más orgulloso.
Ahora quieren hacer una escuela de parvularios, pero no tienen dinero para el viaje a la capital. La comunidad se reúne para ver de donde sacan el dinero y tiene esperanza en lo que dice.
Bueno, nos convenció, sabÃamos que la conversación iba a terminar en esto, y aunque no nos pidió dinero suponemos que era su objetivo. Le dimos 300 lempiras, algo insignificante pero que podrÃa pagar el billete a la capital y él nos bendijo unas cuantas veces. Nos pareció una persona sincera, un relato sincero y nos dejó un mal sabor de boca, el gobierno no cuida a los indÃgenas.
Tenemos los datos de contacto de la oficina del indÃgena que él nos dio, una persona peculiar sin lugar a dudas, una experiencia grata para nosotros.
A veces nos da por pensar que la vida es una mierda, otras veces pensamos lo contrario, lo que sà sabemos es lo afortunados que somos. Vosotros también.