El paraíso perdido – cenotes de Cuzamá

Esta entrada pertenece a la serie México
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Nos vamos a los cenotes de Cuzamá. Los cenotes son grutas, cavernas o cuevas a las que se accede verticalmente. Es decir, es como meterse por un agujero en la tierra, sólo que al final del agujero hay un lago de agua fresca y cristalina.

No hemos visto ninguno durante nuestro viaje y tampoco sabíamos muy bien como podían ser, pero la casera de nuestro hostal nos lo recomendó varias veces.

Agarramos una furgoneta que nos dejó en la base de los cenotes, a unos 4 Km de la entrada del primero. Durante el paseo en furgoneta, vimos pueblos pequeños, modestos, pero engalanados para la fiesta. Se estaban preparando las plazas para las corridas de toros de la tarde.

En la base de los cenotes, tienes que registrarte para que te puedan llevar a tí solo a hacer una ruta por los cenotes en un cochecito llevado por un caballo sobre una minivía de tren. La intención es no contaminar el lugar, y por 200 pesos (20 dólares) te llevan durante 3 horas de un cenote al siguiente. También se puede ir andando, pero hay unos 3 o 4 Km entre cenotes y perderíamos mucho tiempo. Compramos patatas fritas y naranjas a un chavalillo que las vendía por 20 pesos, una ganga.

La experiencia de ir en carrito de caballos ha sido una pasada, de vez en cuando toca bajarse porque sólo hay una vía y los carros pasan en ambas direcciones. El caballo cada vez que se para se pone a comer, pero lo tienen comido los insectos al pobre.

Cuando llegamos al primer cenote, vimos que la escalera de bajada no era muy difícil. Al llegar al final vimos el espectáculo tan bonito que nos había estado esperando. Una cueva, con sus estalagmitas y estalactitas con un lago perfecto de agua cristalina, pero por los efectos de la luz se veía azul eléctrico. Precioso, tranquilo, un sueño. El agua fresca se agradecía en un día donde el sol como de costumbre no nos abandonaba.

Estuvimos en el primer cenote una media hora. Le dijimos al conductor que queríamos ir al último, porque habíamos escuchado que en ese la bajada era difícil y que por eso no había mucha gente, era peligroso.

Llegamos y bajamos como no. En efecto la bajada era empinada, los escalones pequeños y resbaladizos por el agua. El espectáculo final era increíble, llegabas a una cueva donde la única luz que entraba era por un agujero en el techo. El agua cristalina, limpia, fresca. Las raíces de los árboles caían desde el techo del cenote. La luz hacía juegos con los colores en el agua, nunca nos habíamos bañado antes en un lugar tan bonito. No queríamos salir de allí.

Pero fuimos al segundo cenote, estaba lleno de gente, era mucho más accesible para los niños y las familias. Duramos poco, por suerte nos pasamos de tiempo en el cenote anterior que a nuestro juicio era el más bonito.

Y con nuestro caballo regresamos, le dimos una propinilla al conductor para que cuidase al caballo. Y nos llevó un chico hasta el pueblo en bicicleta, al que también le dimos propina porque acabó sudando el pobre, y es que no estamos delgaditos precisamente.

Una vez en el pueblo, la fiesta se estaba preparando, con pinchos enormes que olían que te mueres, al gente sentándose en la plaza para ver la corrida de lazo.

Nosotros nos volvimos a Mérida, que esta noche también hay fiesta. Ahora nos vamos a cenar,a ponernos como chanchos, una costumbre aquí en México.

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