septiembre
29
Escrito en Honduras por admin el 29-09-2008

En Copán no hay gran cosa que hacer después de las ruinas (algunos paseos a caballo que Sandra no puede hacer por la espalda y una piscina de aguas termales es toda la oferta) así que decidimos ir a La Ceiba, pasar allí un par de días y luego ir a Utila a hacer submarinismo.

El problema es que el 27 de septiembre era el cumpleaños de Sandra (gracias a todos los que nos habéis escrito!) y no queríamos pasarlo en un autobús, así que tiramos la casa por la ventana y pagamos una noche de hotel pijo (Hotel Boutique como les dicen ahora) con todas las comodidades. El hotel se llama Yatbalam y nos costó 60 USD (unos 45 euros) la noche.

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Pasamos todo el día tumbados viendo películas y perreando en la fantástica habitación hasta la hora de cenar. También tiramos manteca al techo y nos fuimos a cenar con copas de vino y todo…quién nos ha visto y quién nos ve!

Antes de la cena escuchamos unos tambores y xilófonos (pensé que nunca en la vida utilizaría esta palabra fuera del scatergoris) delante del hotel. Salimos cámara en mano y duró poco. Por lo visto los colegios de secundaria hacen estas cosas para el día de la independencia, y los que no pueden hacerlo el 15 lo hacen cuando pueden en septiembre.

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Al día siguiente tomamos un autobús de primera (aquí no se lleva lo de furgoneta infernal y los autobuses públicos son atracados a menudo) hasta La Ceiba.

La Ceiba es la tercera ciudad más grande de Honduras (después de San Pedro de Sua y Tegucigalpa). Os podéis imaginar lo que es una ciudad grande en un país como este: inseguridad, pobreza, suciedad…deprimente. Cuando un país está mal socialmente el primer lugar donde se muestra es en las ciudades más grandes.

Nos fuimos a un hotel barato (barato barato) en el que vimos la cucaracha más grande de nuestras vidas mientras nos enseñaban la habitación de ventilador. Elegimos la de aire acondicionado, sin inmutarnos por la presencia de tan gran insecto (ya estamos hechos a todo).

El ambiente era como de peli de Harry el sucio cuando se mete en el Bronx. Paredes desconchadas, familias viviendo en el hotel (con bebés en pañales por los pasillos), etc.

Fuera la cosa no pintaba mejor. Eran las 18:00 y estaba todo cerrado y oscuro. El del hotel nos recomendó que a las 22:00 estuviésemos dentro…por lo que a las 18:30 compramos nuestra Pizza Hut y nos encerramos en la habitación.

A la mañana siguiente otra cucaracha (la que se encontró Sandra en la pica cuando iba a lavarse la cara) selló nuestro destino: nos vamos pitando a Utila.

En 10 minutos habíamos hecho las mochilas y estábamos en el Taxi para coger el barco de las 09:30.

Llegamos por los pelos. Un pastón en el barco y en una hora estábamos en Utila siendo acribillados por los vendedores de cursos de submarinismo (aquí se viene a eso) y los mosquitos.

De los primeros nos libramos, de los segundos no.

Al final encontramos a un peruano-inglés que nos convenció (con buenas artes) de hablar con una tal Adam. El tipo tiene muchos años de experiencia (se le nota) y lo tenemos para nosotros solos. Cuesta 2,5 dólares más por inmersión que los otros, pero a cambio podemos ir a la hora que nos dé la gana (no a las 07:00 am!) y nos lava el equipo cuando acabemos, más otras cortesías (a lo mejor se lleva su cámara y podemos tener fotos!)

El alojamiento nos costó un poco de encontrar, pero finalmente tenemos agua caliente, ventiladores y una bonita habitación con estas vistas por 9 dólares la noche (Adam nos subvenciona 6 dólares en los días que buceemos).

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septiembre
25
Escrito en Miscelánea por admin el 25-09-2008

Otro madrugón más. Nos levantamos a las 3 y media de la madrugada para coger la furgoneta infernal que nos llevaría desde Antigua (Guatemala) a Copán (Honduras). La furgoneta como siempre iba hasta los topes.

El conductor de la furgoneta, que era prudente para los estándares del país, se presignaba cada vez que pasábamos zonas de derrumbes, lo cual era bastante frecuente. Buena onda.

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Llegamos a la frontera después de unas seis horas de viaje. No podía ser más chiringuitero. De nuevo, nos indicaron los puestos de inmigración porque no se distinguen de un puesto de venta de refrescos. El trámite fácil y ya empezaron ahí las diferencias entre centroamericano y extranjero. Ellos no pagan nada, nosotros sí.

Una vez pasada la frontera llegamos a Copán Ruinas, un pueblo pequeño que vive del turismo de la zona arqueológica, pero un pueblo con encanto. Algunas cosas nos sorprendieron, los seguratas llevan recortadas…..

Nos instalamos en un hotel sencillo, Mar Jenny, pero barato para lo que nos ofrecía. Pese no haber dormido nada y haber madrugado un montón nos fuimos a las ruinas.

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Centroamericanos 50 lempiras (2 euros aprox): extranjeros 40 dólares (un abuso). Pero allá fuimos.

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Las ruinas de Copán nos sorprendieron por su belleza y tranquilidad. Había muy poca gente, casi todo el mundo va a ver las ruinas mayas de México y Guatemala, sólo unos pocos van a ver las de Honduras. El lugar se conservaba tal cual, en medio del bosque tropical, con musgo, con hongos. Daba la sensación de que lo habíamos descubierto nosotros, de que estábamos perdidos en un cuento de aventuras a lo Lara Croft (ya sabes Fani).

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 P1080154 Como todos las ciudades mayas tenía un campo de pelota, si bien las reglas y la estructura eran distintas a las de México. Aquí no había que pasar la pelota por un aro, sino que la pelota debía tocar la punta de la nariz de las guacamayas.

P1080167 P1080170 También había una gran plaza, la acrópolis y de forma distinta a lo que hayamos visto antes, la Escalinata Jeroglífica. Parece que esta escalinata contiene el texto más largo que ha dejado la civilización maya.

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 P1080186 P1080194 P1080223 P1080206  P1080224 P1080248 El paseo estaba siendo muy agradable y nos subimos a uno de los edificios para contemplarlo todo desde arriba, cuando un hombre con camisa, pantalón, botas de agua y sombrero nos habló.

Empezamos una conversación muy tranquila, era un hombre agradable, de palabra pausada que nos explicó muchas cosas. Ambos sabíamos el objetivo de la charla, pero queríamos saber si sería capaz de ganarnos. Esta es su historia.

Su nombre es Pablo Rivera López y es un indígena chortí. Teníamos muchas curiosidad así que le acribillamos a preguntas. Sandra se está leyendo el libro de Rigoberta Menchú, una indígena guatemalteca que explicaba su historia como indígena en el año 82. Surgieron preguntas sobre cuál era la situación de los indígenas en la actualidad, era el momento de resolverlas.

Pablo gana 25 lempiras al días, algo menos de un euro. Por trabajar en las ruinas durante un mes le darán 50 lempiras diarias. Le preguntamos que a donde va el dinero que el guiri se deja en la entrada, sonríe diciéndonos que se lo queda el gobierno. Tiene que caminar 2 horas cada día desde su casa al trabajo y 2 horas de vuelta cuando termina. No tiene coche, ni caballo ni medio de transporte. A su pueblo sólo se puede acceder caminando, por un sendero, no hay carreteras.

Pablo tiene 4 hijos, las dos más pequeñas han conseguido ir a la escuela, el mayor de 16 años trabaja con él en el campo. Cuando no trabaja en las ruinas cultiva milpa, fríjoles y comen de lo que cultivan. Sólo compran azúcar para endulzar el café. Una de sus hijas cogió pneumonia pero no tenía dinero para pagar los antibióticos (no son gratuitos) así que gracias a la caridad de sus amigos pudo conseguir el tratamiento.

No suelen ir al médico, utilizan yerbas, pero ahora sí que han tenido que llevar a 3 vecinos del pueblo por un brote de Dengue  Hemorrágico. Su pueblo es su comunidad y hacen todos los proyectos en común, un total de 49 familias.

Varias veces repite que no tiene estudios y que ningún indígena puede llegar a puestos importantes como la política. “Mira como voy, pero aún así tengo muchos amigos, a la gente le gusta platicar conmigo”. La verdad que tiene una charla muy agradable. El calor nos consumía y bebimos un poco de agua,le ofrecimos porque miraba la botella con ansia. Bebió como si le fuera la vida en ello, este hombre debe llevar todo el día sin beber. Se quedó la botella vacía para poder transportar agua al trabajo desde una cañería.

Es católico, no hay la menor duda,pero sabe que no es su religión: “los indígenas no deberíamos tener religión, sólo nuestras costumbres”.

Pablo y su comunidad quisieron realizar un proyecto, construir una escuela de primaria en su pueblo, pero no tenían dinero. La comunidad logró reunir 300 lempiras que es lo que cuesta el billete a la capital, a Tegucigalpa. Pablo fue con su proyecto a distintas embajadas para ver quien se lo subvencionaba, finalmente la embajada de Japón corrió con los gastos (es que los japos son un encanto). Nos preguntamos porqué no acudieron a su gobierno, Pablo nos contaba que no hubiesen tenido éxito.

La embajada de Japón les dio 150.000 lempiras, y Pablo relataba contento y orgulloso que tienen todas las facturas y que nadie se quedó con un mango. “Sobraron 200 lempiras . “”No hay nada más importante que ser honrado”, nos dice. “La escuela es sencilla, no tiene pintura, pero al menos los niños ya pueden ir a la escuela”, eso es de lo que se siente más orgulloso.

Ahora quieren hacer una escuela de parvularios, pero no tienen dinero para el viaje a la capital. La comunidad se reúne para ver de donde sacan el dinero y tiene esperanza en lo que dice.

Bueno, nos convenció, sabíamos que la conversación iba a terminar en esto, y aunque no nos pidió dinero suponemos que era su objetivo. Le dimos 300 lempiras, algo insignificante pero que podría pagar el billete a la capital y él nos bendijo unas cuantas veces. Nos pareció una persona sincera, un relato sincero y nos dejó un mal sabor de boca, el gobierno no cuida a los indígenas.

Tenemos los datos de contacto de la oficina del indígena que él nos dio, una persona peculiar sin lugar a dudas, una experiencia grata para nosotros.

A veces nos da por pensar que la vida es una mierda, otras veces pensamos lo contrario, lo que sí sabemos es lo afortunados que somos. Vosotros también.

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septiembre
24
Escrito en Guatemala por admin el 24-09-2008

P1080087No tuvimos suficiente con el palizón del volcán, y decidimos hacer otro tour en “furgoneta-infernal” al día siguiente.

Esta vez eran 5 horas (entre ida y vuelta) para ver el mercado de artesanías de Chichicastenango. Sólo se hace los jueves y domingos, así que era ahora o nunca.

El mercado es famoso y se organizan viajes tanto desde Guatemala como desde Antigua y Panajachel…y la verdad es que no entendemos muy bien porqué.

La verdad es que nos decepcionó mucho. Esperábamos algo menos “organizado”, más del estilo plaza central con mantitas en el suelo, indígenas trabajando las artesanías, etc.

Y la verdad es que nada más lejos.

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Los puestos estaban bien montados. Los indígenas no trabajaban allí y los que había eran vendedores ambulantes que te ofrecían 10 veces lo mismo por un valor muy superior al real (llegaban a pedir burradas por cualquier cosa de mala calidad).

Los restaurantes de la zona no eran menos. Tomamos un café carísimo y con un servicio pésimo. Es asqueroso cuando ya tratan al turista como un cacho de carne pegado a una billetera.

La buena noticia es que encontramos un restaurant llamado “La cuevecita” en el que nos pusimos morados por poco. Allí sólo comían guatemaltecos.

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Las fotos las tuvimos que “robar” (sacarlas sin que la gente se diese cuenta) para que se viesen más naturales.

Sólo compramos una funda para la Ipod de Sandra por 20 Quetzales (2 euros).

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septiembre
23
Escrito en Guatemala por admin el 23-09-2008

San Pedro nos mostró la cara más tranquila de Guatemala, la más auténtica, pero la lluvia era constante y sin poder pasear o hacer kayak en el lago las opciones era muy pocas, y decidimos seguir el viaje hasta Antigua.

Antigua fue una vez capital de Guatemala (cuando la capital fué destruida por un terremoto) y es, según las guías de viaje, lo que Guatemala “debería ser, lo que sueña con ser” (es decir, lo que no es).

Lo cierto es que llegamos a Antigua después de 4 horas de furgoneta-infernal (de ahora en adelante las llamaremos así) en la que no te caben las piernas, no puedes apoyar la cabeza, etc.

Llegamos a las 12:30 a nuestro hotel. Dejamos las mochilas y hablamos con la dueña del hotel, que nos recomendó una excursión al volcán Pacaya. ¿Volcán? Allá vamos!

A la 13:00 ya habíamos contratado otra furgoneta-infernal (de 2,5 horas) hacia el volcán. Salía a las 14:00.

Comimos una “Quesolocamburguesa” (así se llamaba) en un restaurante salvadoreño que más tarde habría de marcar nuestro destino. Sin tiempo de pestañear estábamos montados de nuevo en nuestro transporte infernal hacia el volcán.

Nada más bajar de la furgoneta, unos 30 niños con caras sucias y descalzos (angels with dirty faces) nos vendían “walking sticks” o dicho en castellano, palos de caminar (ramas rectas para apoyarte mientras caminas). No compramos ninguno por aquello de no convertir a los niños en herramientas vendedoras (vimos a los adultos supervisando las ventas).

La subida fué brutal. La guía nos dio un nombre de grupo: panteras. Todo el tiempo la escuchamos gritar: Arriba panteras! (no era un “arriba” de ánimo, sino una orden para que subiésemos).

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Son 3 kilómetros cuesta arriba por bosques, empedradas y cenizas volcánicas. Sí, cenizas volcánicas. Lo bonito llega de repente, sin aviso. La primera imagen fue la de una ladera completamente negra, cubierta de una arena gruesa y crujiente. La guía nos dio a elegir: ruta divertida o ruta segura. La divertida fue realmente divertida: consistió en bajar la ladera a toda pastilla y a zancadas enormes. Es como bajar medio volando…lo que cuesta es frenar :)

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Más adelante empezamos a ver formaciones rocosas propias de un paisaje lunar. Estábamos ya a unos 1.500 metros de altura, y las nubes se mezclaban con la montaña dándole un aspecto realmente fantasmagórico-espacial.

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Más adelante empezamos a notar algo que nos sorprendió: el calor que emanaban las piedras podía derretir el plástico…y hasta algunas zapatillas.

Las formaciones rocosas reflejaban perfectamente el movimiento de la lava que les dio lugar. Eran como ríos congelados de gel.

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Pero lo mejor aún estaba por venir. De repente alguien grita: lava!

Sí…ahí estábamos nosotros. Los panteras (un grupo de unas 15 personas) de pié sobre formaciones rocosas acabadas de formar y emanando tanto calor que a veces teníamos que apartar la cara o salir corriendo a otra roca.

La lava pasaba literalmente por debajo de las rocas que pisábamos. Algunas grietas permitían ver el material rojo…

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En cualquier país desarrollado esto estaría super-prohibido. Haría falta un seguro millonario, inspecciones diarias y un helicóptero para estar a 1 metro de un flujo de lava. Por suerte para nosotros ese día, este no es uno de esos países.

Nuestra guía, en lugar de decirnos que no nos acercásemos demasiado a la lava (algunos bestias sacaron fotos en primer plano a menos de 1 metro) se limitó a hacer “nubes al volcán” (lo que hacen los norteamericanos en las pelis). Genial.

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Mientras Sebas saca unas fotos de una de las gritas más grandes, él y otro pantera escuchan como la roca crepita y la lava burbujea. Salen corriendo de ahí.

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No todo era lava. El paisaje desde el volcán era espectacular.

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Empezamos a bajar mientras cae la noche (sólo 3 linternas para 15 personas, por lo que vamos despacio) y cuando estamos a unos 500 metros de la lava, vemos como empieza a caer un río rojo por el lateral de la montaña. Le preguntamos a la guía:

Nosotros – No es ahí donde estábamos?

La guía – Eh? Estooo…sí…quiero decir no, no no.

Ya.

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Seguimos bajando, ayudando a los del grupo con nuestra linterna.

Una vez abajo empezamos a repasar las imágenes en nuestra mente. Sí, definitivamente se merece un puesto de honor entre los paisajes más bonitos que hemos visto en nuestra vida.P1080019pano pacaya

septiembre
23
Escrito en Guatemala por admin el 23-09-2008

Nos fuimos de Panajachel atravesando la laguna hacia San Pedro. Es un pueblo mucho más tranquilo, con menos turistas, calles empinadas donde todo el mundo te saluda. Los guatemaltecos son una pasada, muy amables.

Llegamos a nuestro hotelito “El gran sueño”, por unos 9 euros tenemos habitación privada con baño y tele por cable. La televisión es un valor añadido estos días, con nosotros trajimos la tormenta.

Eso no nos impidió caminar por el pueblo, mezclarnos en los callejones y mirar la laguna que en estos días tiene un color especial.

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Mientras comíamos en un pequeño bar vistas al lago, veíamos a los indígenas bañarse en el río mientras hacían la colada. Los niños se divertían tirándose al agua. Su vida no es fácil.

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P1070829 Sandra ha aprovechado la estancia en Guatemala y se ha comprado un libro sobre Rigoberta Menchú y la vida de los indígenas. Hay 23 etnias si se cuanta la de los blancos en Guatemala, ninguna de ellas (excepto los blancos) hablan español. Sin embargo, no hemos visto carteles en lengua nativa, lo que es más flipante, los carteles están en inglés e israelita. Las etnias indígenas son la mayoría en el país, pero han sufrido el abuso sistemático de los blancos.

Otra cosa incompresible, los indígenas no creen en la Biblia, no son católicos, la mayoría de ellos tienen dioses naturales como el Sol. Entonces, ¿por qué todo está lleno de carteles con sentido católico? con frases comecocos de beatos. ¿Han impuesto los blancos su religión? no sabemos, tenemos que leer al respecto.

 

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P1070837 P1070841 P1070838 Nos encanta estar aquí, nos encantan sus gentes, el paisaje es espectacular y vinimos a Guatemala sin saber absolutamente nada del país. Es una sensación contagiosa y adictiva. Veremos que nos ofrece Antigua Guatemala.

septiembre
21
Escrito en Guatemala por admin el 21-09-2008

Llegamos a Panajachel a las 17:00 y tuvimos una sensación familiar: la de haber llegado a un chiringuito turístico.

Al principio la cosa es genial porque todo son servicios para el turista: restaurantes, cafeterías, tiendas con souvenirs hechos a mano, librerías…

La verdad es que el aterrizaje fué bueno (en Mario´s Rooms) y nos alegramos de bajarnos aquí.

Al día siguiente decidimos recorrer los pueblecitos al otro lado del lago (San Pedro, San Marcos, Santiago y toda la corte celestial…aquí la religión está hasta en las latas de cerveza).

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Tomamos un barco a San Pedro. Las vistas desde el barco eran aún más bonitas que desde el puerto (porque rodeábamos las montañas y las veíamos desde diferentes puntos de vista). La vegetación es variada en las montañas y se mezcla con las granjas y casitas, dándole un aspecto de “alfombra” de diferentes tonalidades de verde.

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Llegamos a San Pedro y nos sentimos mucho más relajados que en Panajachel. Las calles eran más ordenadas, menos gente y sobretodo menos vendedores. En Panajachel es imposible comer (ni siquiera dentro del restaurant) sin que pasen 5 o 6 niños-vendedores y mujeres con pulseritas. Pasear por la calle es decir “No, gracias” cada 5 minutos. Nosotros mantenemos la sonrisa y el respeto por los vendedores (que menos!), pero algunos turistas pierden la paciencia.

P1070807P1070808P1070810-1P1070814 En San Pedro sentimos mucha menos presión. Sentimos que era más un lugar donde la gente vivía que un chiringuito turístico (aunque también viven del turismo, muchos de los que viven aquí van a vender a Panajachel). Decidimos echar un vistazo a los hoteles de la zona y finalmente reservamos la siguiente noche (nos vamos de Panajachel).

De ahí otro barco nos llevó a Santiago de Atitlán, donde sólo pudimos dar un breve paseo de 1 hora (con café y pastelitos incluidos) porque nos quedábamos sin barco de vuelta. A la hora de volver sonó un relámpago tan fuerte (y largo) que se dispararon las alarmas de algunos coches.

Ahora (mientras escribimos esto) estamos en la habitación a punto de salir a cenar. Guatemala nos está dando una sorpresa muy positiva.

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