En Copán no hay gran cosa que hacer después de las ruinas (algunos paseos a caballo que Sandra no puede hacer por la espalda y una piscina de aguas termales es toda la oferta) asà que decidimos ir a La Ceiba, pasar allà un par de dÃas y luego ir a Utila a hacer submarinismo.
El problema es que el 27 de septiembre era el cumpleaños de Sandra (gracias a todos los que nos habéis escrito!) y no querÃamos pasarlo en un autobús, asà que tiramos la casa por la ventana y pagamos una noche de hotel pijo (Hotel Boutique como les dicen ahora) con todas las comodidades. El hotel se llama Yatbalam y nos costó 60 USD (unos 45 euros) la noche.
Pasamos todo el dÃa tumbados viendo pelÃculas y perreando en la fantástica habitación hasta la hora de cenar. También tiramos manteca al techo y nos fuimos a cenar con copas de vino y todo…quién nos ha visto y quién nos ve!
Antes de la cena escuchamos unos tambores y xilófonos (pensé que nunca en la vida utilizarÃa esta palabra fuera del scatergoris) delante del hotel. Salimos cámara en mano y duró poco. Por lo visto los colegios de secundaria hacen estas cosas para el dÃa de la independencia, y los que no pueden hacerlo el 15 lo hacen cuando pueden en septiembre.
Al dÃa siguiente tomamos un autobús de primera (aquà no se lleva lo de furgoneta infernal y los autobuses públicos son atracados a menudo) hasta La Ceiba.
La Ceiba es la tercera ciudad más grande de Honduras (después de San Pedro de Sua y Tegucigalpa). Os podéis imaginar lo que es una ciudad grande en un paÃs como este: inseguridad, pobreza, suciedad…deprimente. Cuando un paÃs está mal socialmente el primer lugar donde se muestra es en las ciudades más grandes.
Nos fuimos a un hotel barato (barato barato) en el que vimos la cucaracha más grande de nuestras vidas mientras nos enseñaban la habitación de ventilador. Elegimos la de aire acondicionado, sin inmutarnos por la presencia de tan gran insecto (ya estamos hechos a todo).
El ambiente era como de peli de Harry el sucio cuando se mete en el Bronx. Paredes desconchadas, familias viviendo en el hotel (con bebés en pañales por los pasillos), etc.
Fuera la cosa no pintaba mejor. Eran las 18:00 y estaba todo cerrado y oscuro. El del hotel nos recomendó que a las 22:00 estuviésemos dentro…por lo que a las 18:30 compramos nuestra Pizza Hut y nos encerramos en la habitación.
A la mañana siguiente otra cucaracha (la que se encontró Sandra en la pica cuando iba a lavarse la cara) selló nuestro destino: nos vamos pitando a Utila.
En 10 minutos habÃamos hecho las mochilas y estábamos en el Taxi para coger el barco de las 09:30.
Llegamos por los pelos. Un pastón en el barco y en una hora estábamos en Utila siendo acribillados por los vendedores de cursos de submarinismo (aquà se viene a eso) y los mosquitos.
De los primeros nos libramos, de los segundos no.
Al final encontramos a un peruano-inglés que nos convenció (con buenas artes) de hablar con una tal Adam. El tipo tiene muchos años de experiencia (se le nota) y lo tenemos para nosotros solos. Cuesta 2,5 dólares más por inmersión que los otros, pero a cambio podemos ir a la hora que nos dé la gana (no a las 07:00 am!) y nos lava el equipo cuando acabemos, más otras cortesÃas (a lo mejor se lleva su cámara y podemos tener fotos!)
El alojamiento nos costó un poco de encontrar, pero finalmente tenemos agua caliente, ventiladores y una bonita habitación con estas vistas por 9 dólares la noche (Adam nos subvenciona 6 dólares en los dÃas que buceemos).
Otro madrugón más. Nos levantamos a las 3 y media de la madrugada para coger la furgoneta infernal que nos llevarÃa desde Antigua (Guatemala) a Copán (Honduras). La furgoneta como siempre iba hasta los topes.
El conductor de la furgoneta, que era prudente para los estándares del paÃs, se presignaba cada vez que pasábamos zonas de derrumbes, lo cual era bastante frecuente. Buena onda.
Llegamos a la frontera después de unas seis horas de viaje. No podÃa ser más chiringuitero. De nuevo, nos indicaron los puestos de inmigración porque no se distinguen de un puesto de venta de refrescos. El trámite fácil y ya empezaron ahà las diferencias entre centroamericano y extranjero. Ellos no pagan nada, nosotros sÃ.
Una vez pasada la frontera llegamos a Copán Ruinas, un pueblo pequeño que vive del turismo de la zona arqueológica, pero un pueblo con encanto. Algunas cosas nos sorprendieron, los seguratas llevan recortadas…..
Nos instalamos en un hotel sencillo, Mar Jenny, pero barato para lo que nos ofrecÃa. Pese no haber dormido nada y haber madrugado un montón nos fuimos a las ruinas.
Centroamericanos 50 lempiras (2 euros aprox): extranjeros 40 dólares (un abuso). Pero allá fuimos.
Las ruinas de Copán nos sorprendieron por su belleza y tranquilidad. HabÃa muy poca gente, casi todo el mundo va a ver las ruinas mayas de México y Guatemala, sólo unos pocos van a ver las de Honduras. El lugar se conservaba tal cual, en medio del bosque tropical, con musgo, con hongos. Daba la sensación de que lo habÃamos descubierto nosotros, de que estábamos perdidos en un cuento de aventuras a lo Lara Croft (ya sabes Fani).
Como todos las ciudades mayas tenÃa un campo de pelota, si bien las reglas y la estructura eran distintas a las de México. Aquà no habÃa que pasar la pelota por un aro, sino que la pelota debÃa tocar la punta de la nariz de las guacamayas.
También habÃa una gran plaza, la acrópolis y de forma distinta a lo que hayamos visto antes, la Escalinata JeroglÃfica. Parece que esta escalinata contiene el texto más largo que ha dejado la civilización maya.
El paseo estaba siendo muy agradable y nos subimos a uno de los edificios para contemplarlo todo desde arriba, cuando un hombre con camisa, pantalón, botas de agua y sombrero nos habló.
Empezamos una conversación muy tranquila, era un hombre agradable, de palabra pausada que nos explicó muchas cosas. Ambos sabÃamos el objetivo de la charla, pero querÃamos saber si serÃa capaz de ganarnos. Esta es su historia.
Su nombre es Pablo Rivera López y es un indÃgena chortÃ. TenÃamos muchas curiosidad asà que le acribillamos a preguntas. Sandra se está leyendo el libro de Rigoberta Menchú, una indÃgena guatemalteca que explicaba su historia como indÃgena en el año 82. Surgieron preguntas sobre cuál era la situación de los indÃgenas en la actualidad, era el momento de resolverlas.
Pablo gana 25 lempiras al dÃas, algo menos de un euro. Por trabajar en las ruinas durante un mes le darán 50 lempiras diarias. Le preguntamos que a donde va el dinero que el guiri se deja en la entrada, sonrÃe diciéndonos que se lo queda el gobierno. Tiene que caminar 2 horas cada dÃa desde su casa al trabajo y 2 horas de vuelta cuando termina. No tiene coche, ni caballo ni medio de transporte. A su pueblo sólo se puede acceder caminando, por un sendero, no hay carreteras.
Pablo tiene 4 hijos, las dos más pequeñas han conseguido ir a la escuela, el mayor de 16 años trabaja con él en el campo. Cuando no trabaja en las ruinas cultiva milpa, frÃjoles y comen de lo que cultivan. Sólo compran azúcar para endulzar el café. Una de sus hijas cogió pneumonia pero no tenÃa dinero para pagar los antibióticos (no son gratuitos) asà que gracias a la caridad de sus amigos pudo conseguir el tratamiento.
No suelen ir al médico, utilizan yerbas, pero ahora sà que han tenido que llevar a 3 vecinos del pueblo por un brote de Dengue Hemorrágico. Su pueblo es su comunidad y hacen todos los proyectos en común, un total de 49 familias.
Varias veces repite que no tiene estudios y que ningún indÃgena puede llegar a puestos importantes como la polÃtica. “Mira como voy, pero aún asà tengo muchos amigos, a la gente le gusta platicar conmigo”. La verdad que tiene una charla muy agradable. El calor nos consumÃa y bebimos un poco de agua,le ofrecimos porque miraba la botella con ansia. Bebió como si le fuera la vida en ello, este hombre debe llevar todo el dÃa sin beber. Se quedó la botella vacÃa para poder transportar agua al trabajo desde una cañerÃa.
Es católico, no hay la menor duda,pero sabe que no es su religión: “los indÃgenas no deberÃamos tener religión, sólo nuestras costumbres”.
Pablo y su comunidad quisieron realizar un proyecto, construir una escuela de primaria en su pueblo, pero no tenÃan dinero. La comunidad logró reunir 300 lempiras que es lo que cuesta el billete a la capital, a Tegucigalpa. Pablo fue con su proyecto a distintas embajadas para ver quien se lo subvencionaba, finalmente la embajada de Japón corrió con los gastos (es que los japos son un encanto). Nos preguntamos porqué no acudieron a su gobierno, Pablo nos contaba que no hubiesen tenido éxito.
La embajada de Japón les dio 150.000 lempiras, y Pablo relataba contento y orgulloso que tienen todas las facturas y que nadie se quedó con un mango. “Sobraron 200 lempiras . “”No hay nada más importante que ser honrado”, nos dice. “La escuela es sencilla, no tiene pintura, pero al menos los niños ya pueden ir a la escuela”, eso es de lo que se siente más orgulloso.
Ahora quieren hacer una escuela de parvularios, pero no tienen dinero para el viaje a la capital. La comunidad se reúne para ver de donde sacan el dinero y tiene esperanza en lo que dice.
Bueno, nos convenció, sabÃamos que la conversación iba a terminar en esto, y aunque no nos pidió dinero suponemos que era su objetivo. Le dimos 300 lempiras, algo insignificante pero que podrÃa pagar el billete a la capital y él nos bendijo unas cuantas veces. Nos pareció una persona sincera, un relato sincero y nos dejó un mal sabor de boca, el gobierno no cuida a los indÃgenas.
Tenemos los datos de contacto de la oficina del indÃgena que él nos dio, una persona peculiar sin lugar a dudas, una experiencia grata para nosotros.
A veces nos da por pensar que la vida es una mierda, otras veces pensamos lo contrario, lo que sà sabemos es lo afortunados que somos. Vosotros también.
No tuvimos suficiente con el palizón del volcán, y decidimos hacer otro tour en “furgoneta-infernal” al dÃa siguiente.
Esta vez eran 5 horas (entre ida y vuelta) para ver el mercado de artesanÃas de Chichicastenango. Sólo se hace los jueves y domingos, asà que era ahora o nunca.
El mercado es famoso y se organizan viajes tanto desde Guatemala como desde Antigua y Panajachel…y la verdad es que no entendemos muy bien porqué.
La verdad es que nos decepcionó mucho. Esperábamos algo menos “organizado”, más del estilo plaza central con mantitas en el suelo, indÃgenas trabajando las artesanÃas, etc.
Y la verdad es que nada más lejos.
Los puestos estaban bien montados. Los indÃgenas no trabajaban allà y los que habÃa eran vendedores ambulantes que te ofrecÃan 10 veces lo mismo por un valor muy superior al real (llegaban a pedir burradas por cualquier cosa de mala calidad).
Los restaurantes de la zona no eran menos. Tomamos un café carÃsimo y con un servicio pésimo. Es asqueroso cuando ya tratan al turista como un cacho de carne pegado a una billetera.
La buena noticia es que encontramos un restaurant llamado “La cuevecita” en el que nos pusimos morados por poco. Allà sólo comÃan guatemaltecos.
Las fotos las tuvimos que “robar” (sacarlas sin que la gente se diese cuenta) para que se viesen más naturales.
Sólo compramos una funda para la Ipod de Sandra por 20 Quetzales (2 euros).
San Pedro nos mostró la cara más tranquila de Guatemala, la más auténtica, pero la lluvia era constante y sin poder pasear o hacer kayak en el lago las opciones era muy pocas, y decidimos seguir el viaje hasta Antigua.
Antigua fue una vez capital de Guatemala (cuando la capital fué destruida por un terremoto) y es, según las guÃas de viaje, lo que Guatemala “deberÃa ser, lo que sueña con ser” (es decir, lo que no es).
Lo cierto es que llegamos a Antigua después de 4 horas de furgoneta-infernal (de ahora en adelante las llamaremos asÃ) en la que no te caben las piernas, no puedes apoyar la cabeza, etc.
Llegamos a las 12:30 a nuestro hotel. Dejamos las mochilas y hablamos con la dueña del hotel, que nos recomendó una excursión al volcán Pacaya. ¿Volcán? Allá vamos!
A la 13:00 ya habÃamos contratado otra furgoneta-infernal (de 2,5 horas) hacia el volcán. SalÃa a las 14:00.
Comimos una “Quesolocamburguesa” (asà se llamaba) en un restaurante salvadoreño que más tarde habrÃa de marcar nuestro destino. Sin tiempo de pestañear estábamos montados de nuevo en nuestro transporte infernal hacia el volcán.
Nada más bajar de la furgoneta, unos 30 niños con caras sucias y descalzos (angels with dirty faces) nos vendÃan “walking sticks” o dicho en castellano, palos de caminar (ramas rectas para apoyarte mientras caminas). No compramos ninguno por aquello de no convertir a los niños en herramientas vendedoras (vimos a los adultos supervisando las ventas).
La subida fué brutal. La guÃa nos dio un nombre de grupo: panteras. Todo el tiempo la escuchamos gritar: Arriba panteras! (no era un “arriba” de ánimo, sino una orden para que subiésemos).
Son 3 kilómetros cuesta arriba por bosques, empedradas y cenizas volcánicas. SÃ, cenizas volcánicas. Lo bonito llega de repente, sin aviso. La primera imagen fue la de una ladera completamente negra, cubierta de una arena gruesa y crujiente. La guÃa nos dio a elegir: ruta divertida o ruta segura. La divertida fue realmente divertida: consistió en bajar la ladera a toda pastilla y a zancadas enormes. Es como bajar medio volando…lo que cuesta es frenar
Más adelante empezamos a ver formaciones rocosas propias de un paisaje lunar. Estábamos ya a unos 1.500 metros de altura, y las nubes se mezclaban con la montaña dándole un aspecto realmente fantasmagórico-espacial.
Más adelante empezamos a notar algo que nos sorprendió: el calor que emanaban las piedras podÃa derretir el plástico…y hasta algunas zapatillas.
Las formaciones rocosas reflejaban perfectamente el movimiento de la lava que les dio lugar. Eran como rÃos congelados de gel.
Pero lo mejor aún estaba por venir. De repente alguien grita: lava!
SÃ…ahà estábamos nosotros. Los panteras (un grupo de unas 15 personas) de pié sobre formaciones rocosas acabadas de formar y emanando tanto calor que a veces tenÃamos que apartar la cara o salir corriendo a otra roca.
La lava pasaba literalmente por debajo de las rocas que pisábamos. Algunas grietas permitÃan ver el material rojo…
En cualquier paÃs desarrollado esto estarÃa super-prohibido. HarÃa falta un seguro millonario, inspecciones diarias y un helicóptero para estar a 1 metro de un flujo de lava. Por suerte para nosotros ese dÃa, este no es uno de esos paÃses.
Nuestra guÃa, en lugar de decirnos que no nos acercásemos demasiado a la lava (algunos bestias sacaron fotos en primer plano a menos de 1 metro) se limitó a hacer “nubes al volcán” (lo que hacen los norteamericanos en las pelis). Genial.
Mientras Sebas saca unas fotos de una de las gritas más grandes, él y otro pantera escuchan como la roca crepita y la lava burbujea. Salen corriendo de ahÃ.
No todo era lava. El paisaje desde el volcán era espectacular.
Empezamos a bajar mientras cae la noche (sólo 3 linternas para 15 personas, por lo que vamos despacio) y cuando estamos a unos 500 metros de la lava, vemos como empieza a caer un rÃo rojo por el lateral de la montaña. Le preguntamos a la guÃa:
Nosotros - No es ahà donde estábamos?
La guÃa - Eh? Estooo…sÃ…quiero decir no, no no.
Ya.
Seguimos bajando, ayudando a los del grupo con nuestra linterna.
Una vez abajo empezamos a repasar las imágenes en nuestra mente. SÃ, definitivamente se merece un puesto de honor entre los paisajes más bonitos que hemos visto en nuestra vida.![]()
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Nos fuimos de Panajachel atravesando la laguna hacia San Pedro. Es un pueblo mucho más tranquilo, con menos turistas, calles empinadas donde todo el mundo te saluda. Los guatemaltecos son una pasada, muy amables.
Llegamos a nuestro hotelito “El gran sueño”, por unos 9 euros tenemos habitación privada con baño y tele por cable. La televisión es un valor añadido estos dÃas, con nosotros trajimos la tormenta.
Eso no nos impidió caminar por el pueblo, mezclarnos en los callejones y mirar la laguna que en estos dÃas tiene un color especial.
Mientras comÃamos en un pequeño bar vistas al lago, veÃamos a los indÃgenas bañarse en el rÃo mientras hacÃan la colada. Los niños se divertÃan tirándose al agua. Su vida no es fácil.
Sandra ha aprovechado la estancia en Guatemala y se ha comprado un libro sobre Rigoberta Menchú y la vida de los indÃgenas. Hay 23 etnias si se cuanta la de los blancos en Guatemala, ninguna de ellas (excepto los blancos) hablan español. Sin embargo, no hemos visto carteles en lengua nativa, lo que es más flipante, los carteles están en inglés e israelita. Las etnias indÃgenas son la mayorÃa en el paÃs, pero han sufrido el abuso sistemático de los blancos.
Otra cosa incompresible, los indÃgenas no creen en la Biblia, no son católicos, la mayorÃa de ellos tienen dioses naturales como el Sol. Entonces, ¿por qué todo está lleno de carteles con sentido católico? con frases comecocos de beatos. ¿Han impuesto los blancos su religión? no sabemos, tenemos que leer al respecto.
Nos encanta estar aquÃ, nos encantan sus gentes, el paisaje es espectacular y vinimos a Guatemala sin saber absolutamente nada del paÃs. Es una sensación contagiosa y adictiva. Veremos que nos ofrece Antigua Guatemala.
Llegamos a Panajachel a las 17:00 y tuvimos una sensación familiar: la de haber llegado a un chiringuito turÃstico.
Al principio la cosa es genial porque todo son servicios para el turista: restaurantes, cafeterÃas, tiendas con souvenirs hechos a mano, librerÃas…
La verdad es que el aterrizaje fué bueno (en Mario´s Rooms) y nos alegramos de bajarnos aquÃ.
Al dÃa siguiente decidimos recorrer los pueblecitos al otro lado del lago (San Pedro, San Marcos, Santiago y toda la corte celestial…aquà la religión está hasta en las latas de cerveza).
Tomamos un barco a San Pedro. Las vistas desde el barco eran aún más bonitas que desde el puerto (porque rodeábamos las montañas y las veÃamos desde diferentes puntos de vista). La vegetación es variada en las montañas y se mezcla con las granjas y casitas, dándole un aspecto de “alfombra” de diferentes tonalidades de verde.
Llegamos a San Pedro y nos sentimos mucho más relajados que en Panajachel. Las calles eran más ordenadas, menos gente y sobretodo menos vendedores. En Panajachel es imposible comer (ni siquiera dentro del restaurant) sin que pasen 5 o 6 niños-vendedores y mujeres con pulseritas. Pasear por la calle es decir “No, gracias” cada 5 minutos. Nosotros mantenemos la sonrisa y el respeto por los vendedores (que menos!), pero algunos turistas pierden la paciencia.
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En San Pedro sentimos mucha menos presión. Sentimos que era más un lugar donde la gente vivÃa que un chiringuito turÃstico (aunque también viven del turismo, muchos de los que viven aquà van a vender a Panajachel). Decidimos echar un vistazo a los hoteles de la zona y finalmente reservamos la siguiente noche (nos vamos de Panajachel).
De ahà otro barco nos llevó a Santiago de Atitlán, donde sólo pudimos dar un breve paseo de 1 hora (con café y pastelitos incluidos) porque nos quedábamos sin barco de vuelta. A la hora de volver sonó un relámpago tan fuerte (y largo) que se dispararon las alarmas de algunos coches.
Ahora (mientras escribimos esto) estamos en la habitación a punto de salir a cenar. Guatemala nos está dando una sorpresa muy positiva.