Las 50.000 linternas de Nara

Esta entrada pertenece a la serie Japon
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Salimos de Kyoto, una ciudad que nos cautivó a todos y que nos hizo sudar. El próximo destino era  Nara. Sabíamos que había un parque enorme y algunos templos patrimonio de la humanidad, pero no sabíamos mucho más.

Llegamos bajo un sol de justicia como viene siendo la norma en Japón, pero no nos desanimamos y empezamos a patear el parque. El parque de Nara contiene la mayoría de templos de la ciudad, y una población enorme de bambis.

Pensábamos que los ciervos serían difíciles de ver, pero todo lo contrario, había por todos lados. Están acostumbrados a que la gente les de galletas que se venden en muchos puestos. Sandra quiso dar de comer a los ciervos, pero a la primera galleta repartida empezaron a acercarse en manada a robarle las galletas. Sandra les dio la espalda y le mordieron el culo, y bueno un bicho con esos cuernos impresiona un poquito.

Empezamos por el templo Kofuku-ji, donde se encuentra la pagoda más alta de Japón. El conjunto podía ser precioso pero el calor nos estaba matando y empezábamos a estar algo irascibles.

Tuvimos que meternos en el Museo de Nara para aprovecharnos un poco del aire acondicionado. No estaba mal, pero las figuras de los templos estaban en él así que era de suponer que encontraríamos los templos vacíos de figuras.

Con el calor y después de comer el grupo se disgregó, unos se fueron a dormir la siesta y otros continuamos con los templos.

El segundo en caer, el templo Todai-ji, que es Patrimonio de la Humanidad. El templo es de madera y se jacta de ser el edificio de madera más grande del mundo. Además contiene al Daibutsu-den, el buda más grande de Japón, aunque no es más grande de los que llevamos vistos. El templo era precioso sin más palabras.

Dimos un largo paseo por el parque en busca de sombra, pero empezó a llover, bueno a diluviar. Tuvimos que refugiarnos en unos lavabos públicos en medio del bosque. No dentro de los lavabos porque no olían a hierbabuena, pero en el cobertizo exterior.

Empezó a inundarse, por lo que Martín se quitó las chanclas y empezó a desatascar el desagüe. Funcionó, bueno al principio, el agua caía a mares y el desagüe no daba a basto. En el momento crítico amainó y salimos pitando.

Nos refugiamos en un café  y unos donuts. Había oscurecido, había llegado la hora del Festival de las Linternas. Se celebraba en el mismo parque donde estuvimos toda la tarde, pero esta vez iluminado con linternas y farolillos, y eso sí chiringuitos de comida. Después de pasear nos metimos unos pinchos entre pecho y espalda que estaban de muerte.

Estábamos reventados, nos fuimos a la cama temprano, Osaka nos esperaba al día siguiente.

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