No nos hemos levantado temprano hoy, ahorrarnos una comida es casi una ventaja en un paÃs donde todo es picante. Como siempre nos acaba salvando una panaderÃa francesa.
Estamos en zona céntrica, asà que visitar templos o palacios es cuestión de una o dos paradas de metro.
Llegamos al primer palacio del dÃa: Unhyungung. En este palacio vivÃa el padre del rey Ko-jong, imaginad que infancia más dura tendrÃa este chaval en España. En este palacio se tomaban algunas de las decisiones polÃticas y escasas ceremonias. Por las fotos se puede ver que no era el palacio de un rey, por la modestia y la sencillez.
Como no estábamos saturados de palacios, nos fuimos al Changdeokgung. Se construyó en el 1405. Como siempre la invasión japonesa se encargó de quemar todos los edificios del palacio. Se reconstruyó poco después de acabada la guerra y fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997.
Para entrar en el palacio tienes que ir forzosamente guiado, por suerte, en inglés. La visita ha merecido la pena, la guÃa hacÃa muy bien su trabajo y se agradece un poco de historia sobre el palacio. La contramoneda es que estaba hasta los ojos de turistas, y para nuestro gusto éramos demasiada gente. Todo y eso, un paseo muy agradable.
Se acabaron los templos por hoy. Nos hemos ido al centro a cenar,por callejones llenos de galerÃas de arte, souvenirs y restaurantes.
Al volver en metro a nuestro hostal, un coreano de mediana edad nos ha sorprendido porque hablaba inglés y porque ha sido muy amable con nosotros.
Después de cuatro horas y media llegamos a Seoul. La verdad es que tardamos una hora desde que entramos a Seoul y llegamos a la terminal de autobuses. Durante esa hora no dejamos de ver edificios gigantes, como colmenas y un tráfico desesperante. No vivirÃamos aquà por nada del mundo, fue lo primero que pensamos.
Por fin llegamos a la terminal y descubrimos la “amabilidad”coreana sin destilar. Sandra tuvo que ir al lavabo, en la cola una señora no hacÃa más que empujar a otra extranjera para que pasase. La guiri esperó paciente su turno y la señora coreana en ese momento se coló. Cuando tocó el turno a Sandra y la guiri, las señoras coreanas las atropellaron, pero ellas supieron imponerse y entrar en el lavabo. Al salir del lavabo Sandra tenÃa una coreana metiéndonse literalmente en el lavabo mientras ella estaba aún dentro. A estas alturas y habiendo perdido la paciencia, Sandra la sacó cagando del lavabo.
Para ser la primera experiencia no estaba mal. Los viejos coreanos son detestables. Empujan sin razón, te miran con asco y huelen fatal, absolutamente todos.
La segunda experiencia fue en el metro. El metro de Seoul es algo complicado y nos paramos dejando la mochila de mano encima de una caja de madera para revisar el mapa del metro. Sale una vieja, a la que al parecer le pertenece la caja de mierda esa y empuja a Sandra, tocándole el brazo con insistencia y sin permiso. Menos mal que la vieja no entendÃa español porque la pusimos bonita y cagándonos en sus muertos pateos y en los muertos pateaos de todos los viejos coreanos encontramos nuestro lugar en el metro.
Lo de sentarse en el metro es algo divertido aquÃ. Es como el juego de las sillas, con una diferencia: los jugadores no lo hacen para divertirse. Los viejos corren, empujan y se tiran (literalmente) sobre los asientos. Al principio es divertido (por lo patético), pero enseguida se le coge asco a esa panda de viejos coreanos malolientes y maleducados. Los jóvenes parecen ser de otra dimensión: educados, silenciosos, limpios…
Después de una hora y media llegamos al hostal, su búsqueda fue una odisea pero lo encontramos. Un remanso de paz, limpio y muy moderno.
No nos hemos levantado temprano, nos costó dormir. Aunque dormir a lo coreano es “guay”, no es nada cómodo y después de notar todos los huesos del cuerpo pedimos un colchón. Sólo tenÃan uno de 90 cm y no estamos delgados, no damos más detalles.
Hemos desayunado tostadas con huevos fritos y café con leche cortesÃa del hostal. Hoy toca ver el Templo Bulguksa.
El templo está a las afueras, hay que coger un autobús. El conductor estaba como una cabra pero hemos llegado sanos, sólo un poco mareados.
El templo budista se construyó entre los años 751 y 774, pero fue quemado en el 1593 por los japoneses (ellos como siempre haciendo amigos en Asia). Entre 1969 y 1973 ha sido restaurado. En 1995 se incluyó en el Patrimonio Cultural de la UNESCO.
No hay muchos turistas por suerte y el dÃa pinta feo, a punto de llover, por lo que lo hace perfecto para perderse por el templo. Es bastante sencillo y como no, cuenta con 2 pagodas en el patio principal.
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Una de las cosas que más nos ha gustado, ha sido un pedazo de jardÃn donde la gente hace sus propias pagodas con piedras pequeñas. Hemos podido captar el momento en que dos niñas están haciendo las suyas.
Después de visitar el templo hemos vuelto al hostal, y el nuevo conductor de autobús que era distinto al primero, está igual de loco al volante.
No nos quedan ánimos para comer. Hemos comprado unas pastitas en una pastelerÃa francesa y por suerte hemos localizado el Pizza Hat en el mapa para esta noche.
La decisión de parar en este pueblo innombrable para nosotros, fue porque tenÃa algunos lugares de interés y era Patrimonio cultural de la UNESCO.
Está a sólo una hora de Busan en autobús express. El hostal lo elegimos por internet y habÃamos hecho la reserva por teléfono, pero no tenÃamos ni idea de donde estaba ni como era. Pillamos un taxi hasta el hostel y recibimos la primera sorpresa.
El hostal,Sa Rang Chae, sale en la “Lonely Planet” por lo que habÃa algún que otro guiri, y lo mejor de todo es que era una casa tÃpica coreana. Este hostal tiene un encanto especial, es tranquilo, acogedor, muy sencillo y además está en pleno centro histórico, habÃamos acertado de lleno.
El dueño del hostal nos recomendó un restaurante tÃpico y allà fuimos. Pedimos un plato de vegetales y carne pero en seguida vino la cocinera a decirnos que era muy picante, por lo que pedimos el menú coreano tradicional según sus indicaciones.
Nos trajeron toda clase de platitos con verduras, sopas, carnes y pescados. Todos, absolutamente todos, tenÃan un color sospechosamente rojizo, excepto un bol de arroz y una tortilla. Efectivamente, picaba un montón, asà que nos comimos el arroz y la tortilla. El agua de arroz que nos dieron para beber, estaba fresquita y muy buena para nuestra sorpresa.
Ligeritos como plumas nos fuimos a ver el parque de las Tumbas. Es Patrimonio cultural de la Humanidad y el sitio resultó ser un acierto. Las tumbas son de lo más originales.
Los reyes se encuentran enterrados bajo una gran mole de piedras, y sobres estas piedras construyen montÃculos de tierra que plantan con césped. El aspecto del cementerio, ya que se encuentran enterrados unos 20 reyes aquÃ, es un gran parque de montañitas redondeadas. Lástima que sólo pudimos sacar fotos al exterior de la tumba, porque en el interior está prohibido. De hecho, la única tumba accesible es la de Cheonmachong.
En los alrededores del cementerio, hay muchos parques con flores, un observatorio astronómico o Cheomseongdae) y el Museo Nacional (al que no fuimos). El paseo por todo el recinto merece la pena.
Gyeongju merece la pena.
Al dÃa siguiente nos levantamos con espÃritu guiri dispuestos a patearnos la ciudad. El pase de un dÃa de metro es bastante barato y puedes ir a los sitios turÃsticos más importantes de la ciudad.
Empezamos con el Mercado Jagalchi (el mercado del pescado), pero salimos pitando de allà porque neveras, lo que se dice neveras, no vimos ninguna y el aroma, bueno.. os hacéis una idea.
De allà fuimos a la PIFF Plaza, no son más que calles peatonales por donde también pasan los coches, llenas de chiringuitos de ropa, comida, restaurantes, bastante animado. Decidimos comer allÃ, y pedimos una especie de paella de marisco coreana no picante. Resultado: nos picaban las pestañas y hasta el culo. Nos quejamos y nos trajeron la versión no picante, esta vez sólo nos quedamos sin el sentido del gusto.
De allà nos dimos una vuelta por el mercado de la ropa (Gukje market), donde podÃas encontrar ropa de todo tipo, pero siempre de mala calidad y de gusto dudoso, el precio no estaba mal.
Se acabaron los mercado por el dÃa y nos fuimos a ver el Templo Beomeosa. Es el templo más famoso de la ciudad y el más bonito, además su ubicación lo hace muy atractivo. Está en lo alto de una montaña, por lo que es un lugar tranquilo y agradable para escapar de los rascacielos de la ciudad.
Después de 23 paradas de metro y un autobús llegamos a Beomeosa.
Agotamos el templo de arriba a abajo. Estaba oscureciendo y nos habÃan informado que en la playa (que está en plena ciudad tipo “Barceloneta”), por la noche habÃa ambientillo e iluminaban un largo puente que une dos zonas de la gran ciudad. Allà fuimos.
La playa no estaba mal, habÃa mucha gente, el puente estaba iluminado aunque no mucho, pero luces y carteles los que quisieras. Dimos una vuelta y nos fuimos al centro de la ciudad, a Seomyeon.
Fuimos allà estrictamente para cenar en busca de una parrilla coreana, donde te cocinas tú mismo la carne que pidas. Entramos en la primera que encontramos al salir del metro. Acertamos. La carne estaba exquisita, aunque tenÃas que evitar el resto de vegetales y demás cosas hiperpicantes que te ponÃan de acompañamiento. Nos comimos unos pimientos a la parrilla que nos aseguraron que no picaban en absoluto, y bueno … hemos perdido algunos recuerdos después de comer los pimientos.
Nos preguntamos de donde venÃa la carne, porque no hemos visto muchas terneras ni cerdos en Corea. La carne venÃa de Australia y de USA. No podÃa ser de otra manera, porque hacÃa tiempo que no habÃamos probado carne de esa calidad. (Para los bicivoladores: os habrÃais pedido 3 bandejas más si hubiésemos encontrado esta carne en Beppu).
No estaba mal para un sólo dÃa.
Después de dos dÃas un poco sabáticos y de análisis, dejamos nuestro último destino japonés con una cena italiana y un capuccino enorme de postre. A la mañana siguiente nos fuimos al puerto de Hakata (o Fukuoka) en autobús. Estábamos en el sentido de la carretera contrario, asà que vino un amable japonés uniformado y nos llevó a la parada correcta, nos dijo el autobús que tenÃamos que tomar y a que hora llegarÃa. Perfecto.
Llegamos como relojes a la terminal internacional de ferry. En la página web avisan de que el check-in se debe realizar una hora antes, si no no pueden dejarte embarcar. Nosotros llegamos 20 minutos antes de la hora de inicio del check-in, y como son japoneses no nos dejaron pasar hasta que fue la hora exacta.
Una vez en el ferry beetle que corre que se las pela en 3 horas estábamos en Busan (o Pusan), es decir, en Corea.
Sólo bajarnos del ferry, todo y que no entendÃamos lo que decÃan y los sÃmbolos con los que escriben nos resultan tan extraños como los japoneses, enseguida supimos que ya no estábamos en Japón.
Los coreanos gritan, se cuelan, te empujan, se dan señales de afecto entre ellos (aunque no hemos visto los morreos españoles) y tiran cosas al suelo. Bienvenidos a Asia de nuevo!!!
Después de un viaje por metro llegamos a nuestro hostal. Más que un hostal era como un piso compartido, en la planta 24 de un edificio gigantesco, por el que tenÃamos unas vistas interesantes, no vamos a decir bonitas, de la ciudad.
Ese dÃa comimos y cenamos pizza, sÃÃÃÃ, pronto descubrirÃamos que la comida coreana pica que te mueres.