Pingüinos Y Bolas (no pingüinos en bolas)

Esta entrada pertenece a la serie Nueva Zelanda
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Después de Milford Sound necesitábamos algún aliciente para seguir buscando cosas en Nueva Zelanda. El listón había quedado muy alto y decidimos que la próxima sorpresa nos la depararían los animales, y no los paisajes (o por lo menos, no sólo los paisajes)

Para eso fuimos a Dunedin. Como todas las ciudades kiwis, Dunedin es pequeña, limpia y bonita. La mayoría de los turistas vienen hasta aquí para ver dos cosas: la península de Otago (con playas muy bonitas) y a los poingüinos de ojos amarillos, una de las especies más raras y difíciles de ver (por su escaso número y su carácter extremadamente tímido y hudizo)

Nosotros hicimos las dos cosas. Fuimos a una de las playas a ver si había suerte y podíamos ver alguna foca o pingüino sin pagar (Alan Beach) mientras unos amigos del viaje probaron suerte en otra (Sandfly Beach). Ellos vieron focas…nosotros nada, pero ninguno pingüinos, así que todos acabamos pagando la entrada a la reserva natural de pingüinos de ojos amarillos que hay en Otago.

El avistamiento fué más natural de lo que esperábamos. Al principio pensamos que sería en plan zoológico, con los bichos encerrados y muertos de asco, pero nada de eso. Se trata de una playa a la que te acercas desde puestos de vigilancia camuflados y ves a los pingüinos salir del agua hacia sus nidos, en plena libertad.

Son animales bonitos y graciosos. Esta variedad además practica la monogamia (una pareja para toda la vida) y viven aislados (en parejas, no forman grupos para nada). Fué curioso ver como se limpiaban las plumas mutuamente y caminaban con esos andares tan característicos para salir del agua.

Después de sacar todas las fotos imaginables de pingüinos que pudimos pasamos una noche más en Dunedin y al día siguiente salimos hacia Christchurch. De camino pasamos delante de Moeraki Boulders (unas bolas de piedra formadas naturalmente de la misma forma que las perlas). Las bolas se formaron hace millones de años en un mar primitivo, quedaron sepultadas por los sedimentos y ahora el viento empieza a descubrirlas. Parece que surgan de la tierra.

Eran parecidas a las del Valle de la Luna en Argentina, pero mucho más grandes y con otra composición (parecían estar formadas por hexágonos, como las pelotas de fútbol).

Seguimos hasta Christchurch donde pasaremos nuestros últimos días en este país maravilloso que nos ha devuelto la esperanza de seguir sorprendiéndonos con la naturaleza. Antes de llegar no sabíamos casi nada de este país y antes de irnos estamos seguros de saber una cosa: hay muy pocos países con tanta belleza acumulada en tan poco espacio. Los Kiwis son muy afortunados.

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