El tercer dÃa no fué tan bien…y todo por culpa del tiempo. Tanto del tiempo de reloj (tenÃamos que hacer una distancia larga en un dÃa) como del meteorológico (llovÃa y hacÃa frÃo).
Por culpa de las prisas, tuvimos que elegir qué querÃamos ver ese dÃa (sólo una cosa). Entre varias opciones, nos quedamos con Cradle Mountains. Se trata de un parque con montañas, lagos y una vegetación bastante peculiar.
Al llegar nos encontramos lluvia, pero decidimos cubrirnos como pudimos y hacer las 2 horas de trayecto igualmente. Fué un poco duro, y la visibilidad no era muy buena, por lo que decidimos no llevarnos la cámara (más que nada por la lluvia).
Aparte de ese paseo (que a pesar de todo nos mostró algunas de las vistas más bonitas de Tasmania) no pasó nada en el viaje, excepto mucha lluvia y muchas horas de coche.
Llegamos a Hobart exhaustos. Todo fueron palabras de agradecimiento hacia Jason y de amistad hacia Miren…tanto que quedamos para tomar algo al dÃa siguiente, cuando Jason saliese del trabajo.
Al dÃa siguiente, Miren estaba a primera hora en el hostal para pasar la mañana con nosotros. A las 16:00 ella se fué a ver a Jason al pub y nosotros nos quedamos un poco rezagados buscando hostal en Tokyo.
Cuando llegamos al Pub eran las 17:30. Nos encontramos con Jason, Miren, Eusebio y Brod.
Eusebio es un catalán que vino con sus padres a Tasmania hace 33 años (tiene 44, aunque aparenta unos 35) y que aún domina perfectamente el castellano y el catalán. Brod es un inglés que ha viajado por medio mundo (como nosotros, pero 3 años), casado con una tailandesa y con una mente muy abierta.
Lo pasamos de fábula. HacÃa muuuucho tiempo que no salÃamos, tomábamos unas copas y charlábamos con otras personas que no fuésemos nosotros. Bebimos y hablamos sin reparar en el dinero (algo muy relajante)…y al final la cuenta no salió tan mal.
Nos fuimos al hostal a las 00:15 con bastante pena, pero con la mirada puesta en el reloj y las 4 horas que nos quedaban de sueño. La noche fué perfecta. Un final idóneo para una experiencia que será recordada más por la gente que por el lugar.
Salimos a eso de las 09:30 de la mañana del hostal en dirección a “Bay of Fires”, o lo que serÃa lo mismo “BahÃa de Fuego”.
El nombre le viene del color de las rocas que rodean la bahÃa (rojas y amarillas) y es uno de los lugares turÃsticos preferidos por los locales para pasar el verano (aquà hay que buscar playas como estas en las que las olas no sean enormes y se lleven a los niños mar adentro)
Todo esto lo supimos por Jason, que no paraba de explicarnos cada pequeño detalle sobre cada ciudad, lugar o monumento. Nos explicó cosas sobre la cultura local, sus leyendas urbanas, sus problemas polÃticos…un guÃa genial.
Paseamos durante un rato y vimos como Jason trataba, infructuosamente, de pescar algo. No es que no sea bueno pescando…fué mala suerte.
De ahà seguimos (menuda paliza de coche!) hasta Colomba Falls, unas cataratas rodeadas de uno de los “Rain Forest” (Bosques lluviosos?) más bonitos que hemos visto; y a una degustación de quesos de Tasmania (los mancheguitos están más ricos)
Llegamos bastante tarde al pueblo natal de Jason (Burnie) y compramos algunas cosas para hacer la cena. Cocinamos nosotros (Sebas y Sandra) un pastel de carne que pareció gustar (se lo comieron todo).
Jason nos dejó dormir en la nueva casa de su padre (con 4 habitaciones nuevecitas). La verdad es que todo fué genial con él y con Miren, y nos fuimos a la cama encantados de haber decidido conocer Tasmania con ellos.
La primera parada era el Parque Nacional de Frecynet. La verdad es que nosotros no tenÃamos ni idea de lo que Ãbamos a ver, pero el parque sale en todas las guÃas.
En cuanto llegamos al parque tuvimos la gran experiencia del dÃa. Para un australiano, supongo que nuestra reacción fué muy infantil, pero la verdad es que la primera vez que ves un canguro (o un wallabee) flipas. Es como tantas otras cosas del viaje…sencillamente no te crees que te esté pasando a tÃ.
Después de darle de comer galleta tras galleta y de ver como con cada galleta llegaban 2 wallabees más, decidimos empezar a caminar hacia el parque.
La caminata dura 2 horas (ida y vuelta) y lo más destacado son las formaciones rocosas del camino, la flora y por supuesto el paisaje que se ve desde la montaña.
La playa también era bonita…pero ya se sabe que en tema de playas estamos muy exigentes.
El parque estuvo muy bien, no tanto como Nueva Zelanda (esa comparación nos está matando!) pero la experiencia con los wallabees nos alegró el dÃa.
Y justo cuando pensábamos que los wallabees (versión pequeña de los canguros) eran la leche…nos metemos en una reserva natural (especie de zoológico con algunos bichos libres) donde vemos DE TODO.
Canguros
Koalas
Serpientes ultravenenosas
Wombats
Loros y pájaros con colores increibles
Emús
Y la estrella…DEMONIOS DE TASMANIA! Además, los alimentaron para nosotros, con lo que pudimos verlo a menos de 30 centÃmetros mientras se jalaba una pata de algo (en 5 minutos solo quedaban huesos).
El dÃa fué genial, no sólo por los animales (habÃamos decidido que si Nueva Zelanda nos ofreció paisajes, Australia deberÃa ser un viajes zoológico), sino porque cada vez nos llevábamos mejor con Miren y Jason (la china era cosa aparte…era como un fantasma, y la pregunta “¿Dónde está Suse?” fue casi una muletilla del viaje)
Ese dÃa dormimos en un hostal pequeño aunque acogedor, donde otra vez se demostró que el servicio de atención al cliente de Tasmania es horrible (reconocido por ellos mismos). Aún asÃ, un dÃa redondo.
No pudimos evitarlo. Nos molan las destinaciones raras (o por lo menos lo que es raro para un españolito) y estar en Tasmania era tan remoto como irse a Borneo. ¿A quién conoces tú que haya ido a Tasmania? ¡Pero si hasta ayer pensábamos que Tasmania era un invento de la Warner!
Pues no. Tasmania existe. Y los Demonios de Tasmania también. Y allà nos fuimos a comprobarlo, como dirÃan en los reality show de la tele.
Salimos de Melbourne a las tantas de la madrugada (algo que se está haciendo costumbre) y llegamos temprano a Hobart, la capital de Tasmania. La primera impresión fue la de haber vuelto a Nueva Zelanda: una ciudad limpia, ordenada, pequeña y tranquila (de hecho era domingo, y la tranquilidad rozaba el nivel “pueblo fantasma”).
Supongo que nos habrÃamos fijado más en Hobart si no hubiésemos visto otras “ciudades-pueblecito” en Nueva Zelanda. El caso es que decidimos descansar en el hostal todo el dÃa.
Al dÃa siguiente nos fuimos a la compañÃa de alquiler de coches (Lo-cost rentals) para alquilar el cochecito más barato y hacernos la isla. La sorpresa fué que el servicio de atención al cliente fué malÃsimo y los precios era más altos de lo que aparecÃa en Internet. Al final decidimos volver sin coche al hostal para pensar una nueva estrategia.
HabÃamos visto un cartel en el hostal en el que se ofrecÃa lo siguiente:
Sacamos cuentas y vimos que, a pesar de ser muy justo de tiempo (nosotros tenÃamos 5 dÃas y ellos lo hacÃan todo en 3) era realmente barato. Y el hecho de que uno de los que publicaban el anuncio hablase español nos hizo decidirnos.
Llamamos a Miren (la chica española) y quedamos ese mismo dÃa para conocer los detalles. En realidad los detalles estaban claros en el papel…era más bien para ver si nos caÃamos bien. Y nos caÃmos genial desde el principio.
Otro dÃa sin hacer nada en Hobart. Bueno, nada excepto estar de vacaciones, claro.
Al dÃa siguiente, a las 6:30 de la mañana, salimos con Jason (el conductor, nacido en Tasmania), Miren (de Pamplona) y Suse (una china que vivÃa en Shangai) en una furgoneta roja repleta hasta los topes de mochilas, bolsas de comida y aparatos electrónicos raros como una nevera para enfriar las cervezas con la baterÃa del coche.
Asà empezó la aventura. Asà conocimos Tasmania.
Nada de taxis o shuttles esta vez. Decidimos (bueno, el bolsillo decidió) que desde el aeropuerto al hostal irÃamos en transporte público. Al final no salió nada barato (el transporte en Australia es caro) y caminamos como zanguangos.
Llegamos al hostal muertos de cansancio y de entrada nos pareció bien. Cuesta un poco volver a acostumbrarse a dormir en dormitorio cuando llevas unas cuantas habitaciones privadas…y en este caso compartÃamos con otras 6 personas.
A partir de aquà nuestra visita de dos dÃas a Melbourne (recordemos que decidimos saltarnos el viaje desde Melbourne hasta Sidney para ir a Tasmania) fue una historia doble: por una parte la ciudad y por otra sus habitantes.
La ciudad nos impresionó un poco al principio (entramos a conocerla por su parte más bonita). Los rascacielos y los edificios modernos (y artÃsticos), junto con el rÃo Yarra y la catedral le dan a ese punto de Melbourne un ambiente único.
Sin embargo, a medida que caminábamos por las calles “interesantes” (si te sales del centro la ciudad es más bien un lugar de negocios) nos dimos cuenta de que Melbourne es otra ciudad occidental más: tiendas de moda, centros comerciales, edificios de oficinas, etc. Nada del otro mundo.
La otra historia es un poco más interesante. Vamos a decirlo sin rodeos: los australianos son raros, raros, raros. Sin tener en cuenta las modas (aquà se pueden ver las últimas tendencias y últimas paridas de la moda), la gente tiene un aire de cocodrilo dundee, o “vivo como me da la gana y paso del mundo pero de buen rollo” que le da al ambiente un aire de “cualquier cosa es posible en Australia”.
Quizás sea el multiculturalismo (que los australianos abrazan sin complejos) que los ha llevado a respetar las opciones de vida más diversas, lo que ha hecho que ahora se respire esa libertad. Sea como sea, aquà la gente no encuentra tantas presiones para ir por el camino que van todos (por lo menos en lo que hace a la estética que es lo que podemos ver en tan pocos dÃas)
En nuestro hostal, sin ir más lejos, la colección de individuos que nos encontramos fué variopinta:
El segundo dÃa decidimos ir al Victoria Market (según los australianos el mercado al aire libre más grande del hemisferio sur…pero una leche! – véase Bangkok). Al final resultó un mercadillo muy parecido a los españoles, donde encontramos a un avispado vendiendo churros como “spanish donuts”…y encima con la imagen de un mexicano. Pa matarlo.
En fin…un aterrizaje curioso en un paÃs en el que tenemos muchas expectativas puestas…y sobretodo después del listón tan alto que ha dejado Nueva Zelanda.
Después de haber solucionado la operación de nuestro gato puto, que se está recuperando bastante bien y se hace un poco el remolón, continuamos con nuestras aventuras.
Nos habíamos quedado en Moeraki, aquellas piedras-bola gigantes. Ese mismo día llegamos a ChristChurch, despidiéndonos de Iago y Carole.
A Iago (un chico gallego pero que vive en Suiza) y Carole (su novia suiza), los conocimos en Te Anau, y estuvimos 3 días en el mismo hostal hablando sobre viajes y coincidimos en el viaje a Milford Sound. Es una pareja que está haciendo casi el mismo viaje que nosotros, una vuelta al mundo en un año, solo que ellos han empezado por Sudamérica y nos han puesto los dientes largos. Son supermajos, muy simpáticos y ha sido un gusto conocerles. Esperamos ir algún día a Suiza para poder verles.
Una vez llegados a ChristChurch, no hicimos mucho. Paseamos una tarde por la ciudad, es la ciudad con el estilo más escocés de Nueva Zelanda, y nos fuimos a cortar el pelo. El corte de pelo más rápido de toda la historia.
No hemos sacado muchas fotos a la ciudad, pero fue agradable pasear por sus calles.
Fueron nuestros dos últimos días en Nueva Zelanda, un país increíble del que nos hemos quedado impresionados y que recomendamos 120% a todo el que quiera ir. Nosotros volveremos algún día, eso sí, si pagamos las multas, que si no no nos dejan entrar de nuevo.
El 11 de Julio salimos de madrugada hacia el aeropuerto, esta vez volamos a Melbourne. Llegamos a las 9 de la mañana al país de los Koalas y los canguros.