Nada dura para siempre…y Palawan no fué una excepción. Fueron días maravillosos en Coron y El Nido, pero teníamos que empezar una serie de vuelos con fechas muy cerradas (Filipinas – Kuala Lumpur – Australia – Nueva Zelanda), así que volvimos a Manila.
Pasamos 3 horas en Manila, intentando encontrar la forma de ir a Ángeles (la ciudad más cercana al aeropuerto de Clark). Bastaron 3 horas en Manila para experimentar lo siguiente:
Evidentemente, salimos pitando de esa ciudad-infierno (¿qué pasaría si los filipinos de Manila supiesen que el paraíso está sólo a 20 horas en ferry, en Palawan?)
Unas horas más tarde llegamos a Ángeles. También es conocida como la capital de la prostitución en Filipinas.
La historia es la siguiente: Los americanos instalaron aquí una de las mayores bases militares del pacífico. Miles de soldados jóvenes con dólares frescos empezaron a frecuentar la ciudad…y su demanda entretenimiento no era precisamente el "teatro". La prostitución empezó a ser el negocio más rentable que los filipinos de la ciudad habían encontrado en años, y así, poco a poco, la ciudad entera se apuntó al carro de los ángeles de alquiler.
Encontrar un hotel no fué difícil: los hay a montones. El problema es que todos ellos (los baratos al menos) viven más de las actividades nocturnas que del alquiler de habitaciones.
Nos alojamos en "La Ponderosa" y fuimos, durante 3 días, unos huéspedes incómodos. A los hombres de 60 años que vienen a tirarse a chicas de 25 no les resulta nada cómodo que una "parejita" los vea allí. Uno no se gasta 1.200 € en un pasaje a Filipinas para irse de putas…uno se gasta ese dinero si tiene 60 años y quiere irse de putas muy jóvenes, sacarlas a cenar y de copas y que nadie te mire mal por ello.
El sitio estaba bien, con aire acondicionado y tele por cable, así que apenas salimos de la habitación. La ciudad no ofrecía nada digno de ver (y sí muchas estampas bastantes lamentables). El calor acabó de convencernos.
Al llegar al aeropuerto comprobamos que, por lo menos en algunos casos, lós ángeles se ganan sus alas para salir del infierno y acompañar a algún abuelo (de 80 años) a otros países con mejores perspectivas.
Triste espectáculo para despedirse de Filipinas. Aún así, nos vamos enamorados de este país y su gente.