Último día en Beijing

Esta entrada pertenece a la serie China
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Nos quedaba un sólo día en Beijing, y decidimos ir a los Hutongs (pequeños barrios de arquitectura muy típica) y al mercado de la seda (donde se puede regatear para comprar algunas cosas que nos faltaban, como los pantalones perdidos en San Petersburgo). Decidimos no ver en Beijing la Gran Muralla, confiando en lo que decía Lonely Planet (que en Beijing era un chiringuito turístico y que la muralla habia sido restaurada, y que en Datong encontraríamos la auténtica Muralla y sin tanto turista). Esta decisión acarreará algunas consecuencias nefastas más adelante…aunque es cierto que pudimos experimentar la Gran Muralla de un modo «diferente» al resto de turistas.

Nos tomamos el mismo café con leche y churros del día anterior y fuimos caminando hacia los hutongs. Llegamos primero a los más turísticos, y de ahí pasamos a los más pobres. El paseo fue muy agradable y contó con fabulosas sorpresas, como los lavabos públicos o los gimnasios para abueletes en plena calle.

Nótese que la separación entre una taza y la siguiente no llega al techo, ni hay puertas. De hecho, hemos leído (que no experimentado por suerte) que durante la «faena», se entablan conversaciones entre los asistentes. Todo muy social.

Estos lavabos son utilizados por todo el barrio (creemos que las casas no disponen de lavabos propios), así que puede ser una especie de «punto de encuentro». Las conversaciones deben ser interesantísimas.

De ahí nos fuimos al mercado de la Seda. En medio de un regateo por mis pantalones, la china nos suelta «Tu flipas». Y tanto que flipamos…flipamos de lo que se espabila la gente para ganarse la vida. ¿Cuántas expresiones en cuantos idiomas tiene que saber esa tía?

Después del regateo (nos sentimos un poco como en un zoco, donde todo el mundo nos saludaba con un «Hello» o «Hola amigo» según sabían reconocernos o no) pagamos unos 7 euros cada uno por un masaje de pies de 30 minutos. A Sandra le hizo un poco de daño. A Sebas (que valientemente pidió la opción «Strong») casi le sacan un hueso de sitio. Fani tuvo trabajo reprimiendo los suspiros de placer.

Antes de ir al hostal a por las cosas, nos dimos un paseo por el centro, donde además de luces, tenían una máquina de nieve artificial. Después de Siberia, no nos hizo ni puta gracia, la verdad (aunque Fani no lo entienda).

Esa noche cogimos el tren a Datong.

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