Llegamos a la estación donde hacÃa un frÃo de muerte. Las estaciones en Rusia suelen estar plagadas de borrachos e indeseables (y la policÃa no es una excepción al grupo).
Comimos un par de Kebabs y nos montamos en el tren sin demasiados problemas. Eran exactamente tan cutres como esperábamos, ni más ni menos (habÃamos visto fotos en Internet). Nos encontramos con 2 sorpresas: las camas eran durÃsimas y estábamos solos en un compartimento de 4. Una cosa compensó la otra, y en general estuvimos contentos.
Esa misma noche empezó en el vagón la primera fiesta de vodka, en la que preferimos no participar. Nuestros vecinos eran veinteañeros, esa fantástica edad en que uno puede aguantar una resaca de vodka en un tren. Nosotros disfrutamos de nuestra intimidad y vimos alguna peli en el portátil.
Describir cada dÃa es un poco absurdo (estamos escribiendo esto una semana después), asà que hemos filmado una serie de vÃdeos en plan “Diario de abordo”, al puro estilo “Star Trek”, pero por problemas técnicos los colgaremos más adelante. De momento algunas fotos:
Aparte de lo que se verá en los vÃdeos, de vez en cuando podÃamos bajar a comprar comida, estirar las piernas y disfrutar de los 20 bajo cero
Y llegamos a la frontera Rusia-China.
Las 11:30. Los pakistanÃs que duermen con nosotros se han levantado ya, y como siempre, hablan en voz alta sin reparar en que las otras 4 personas de la habitación aún dormimos. Son realmente desconsiderados, pero nuestros tapones funcionan bastante bien, asà que no nos despertamos del todo. Quedamos en ese estado de sopor en el que uno decide conscientemente si quiere seguir durmiendo o levantarse. Sentimos cierta obligación moral de salir ahà fuera, a conocer la nueva ciudad a pesar de los 6 grados bajo cero y la nieve. Tras la ducha, el desayuno y algunas charlas, decidimos ir al Kremlin con nuestro nuevo amigo danés, Kim. A las 12:30 empezamos a hacer la primera cola para comprar las entradas. Ideamos un pequeño timo para usar su carné de estudiante tres veces y pagar menos. El timo funciona, pero nos tiene haciendo cola hasta las 14:00. A las 14:20 estamos en el control de seguridad, donde el soldado le dice a Kim: Militar - Big Bag. No Kremlin. (léase esto con la cara más amarga que uno pueda imaginar en un militar) Kim - But, is not that big, it’s a little backpack… Militar - Big Bag. No Kremlin Kim - But…(seguÃa intentando razonar) Militar - … (ignorando TOTALMENTE a Kim, esperando a que se cansara de hablar) Kim - Ok. La verdad es que fué MUY surrealista. Es difÃcil explicar el nivel de estupidez y lo obtuso de su postura y frases. Sólo imaginando un funcionario kafkiano y elevándolo a alguna potencia se puede uno hacer una idea. Ese tipo se encontrará 200 veces con la misma situación, y nunca se esforzará en aprender a decir en inglés “Su mochila es demasiado grande, tiene que dejarla en las taquillas que hay debajo del puente antes de entrar”.No Kremlin. Big Bag. Guau! Media hora después entramos en el Kremlin. Un lugar al que era imposible entrar hace sólo 20 años y que ahora es una atracción turÃstica. La verdad es que sacamos fotografÃas muy bonitas, pero no salimos tan impresionados como esperábamos. No es que decepcione….bueno si, decepciona un poco. Seguimos pensando que el paseo por Peterhof sobre la nieve y la Plaza Roja son las mejores experiencias de Rusia hasta la fecha. Pasamos por una armerÃa con armas y vestidos, carruajes y objetos de decoración que tampoco nos impresionaron en absoluto. Decidimos que nos merecÃamos un café. Llegamos a la cafeterÃa y nuestro recién adquirido amigo tardó unos 5 minutos en pedir su café. En el camino, pidió uno que tuvieron que tirar, y casi vuelven a tirar el segundo. Nos sentamos y hablamos durante bastante rato. En medio de la conversación, un chico (acompañado por otros dos) con rasgos orientales nos interrumpe con: Chico - My name is Sam. Kim - Eh? Chico - My Name is Sam Kim - My name is Kim, nice to meet you. Sebastian - I’m Sebastian Sandra - I’m Sandra Chico - My Name is Sam Nosotros - Eh? Chico - My Name is Sam A partir del sexto o séptimo “My name is Sam”, Kim intentó decirle en ruso “No hablo Ruso”. Eso fué definitivamente peor. Cuando le dices a alguien que no hablas su idioma, mejor hazlo en inglés. Si lo haces en su idioma tiene el extraño efecto de que entiendan lo contrario. Debe ser algo asà como “Ah! Eres capaz de decir una frase en ruso? Eso es que si hablo despacio lo entenderás todo!”. El chico empezó a hablar ruso. Las frases “No hablo ruso” y “Yo no hablo ingles” se intercambiaron unas 10 veces…dichas en ruso y en inglés de un modo caótico. Algo surrealista. Sandra y yo nos descojonábamos. Kim insistÃa con la paciencia de un santo. Sandra se dio cuenta de que el chico iba medio borracho. Al final, la segunda frase en inglés salió del desconocido oriental: I’m sorry. Todos pensamos que era una despedida, asà que bajamos la guardia. Nos giramos a nuestras mesas, y escuchamos - My name is Sam 10 minutos más tarde, por fin nos libramos de Sam. Creo que era de Kazajistán o algo asÃ. Y que se llamaba Sam, claro está. Volvimos al hostal y tuvimos una agradable charla con el recepcionista, Denis (creo que esa es la traducción que nos hace de su nombre ruso). nos recomendó un buen restaurante, y vino con nosotros a comer. De la charla con Denis sacamos muchÃsimas cosas interesantes sobre Rusia y los rusos. Las más impactantes sin duda fueron estas:
Y a pesar de todo, está siendo una experiencia muy interesante y enriquecedora. Nos alegramos de haber venido a Rusia, y lo recomendarÃamos a DETERMINADAS personas (un poco como la India). A diferencia de la India, aquà es más difÃcil que volvamos algún dÃa (quizás en verano?) Y ahora, algunas fotillos que es lo que mola pa la familia y amiguetes
Con nuestro colega Kim, junto al falsamente proclamado por los rusos como el “Cañón más grande del mundo” (en realidad el más grande está en India, y nosotros lo vimos en Jaipur)
Esto es lo que se ve dentro del Kremlin. Unas catedrales ortodoxas con cúpulas doradas y fachadas austeras. Los interiores son aún más austeros, llegando en algunos casos al primitivismo. Los Rusos no disfrutaron de El Renacimiento y de sus descubrimientos artÃsticos. La perspectiva y el escorzo no llegaron a los iconos religiosos, que permanecieron inmutables hasta la fecha. Nada impresionante, excepto por lo inusual que su estructura (pequeña y compartimentada, no preparada para grandes concentraciones) nos resulta a los acostumbrados a los templos católicos.
Se nos hizo de noche, y estas son algunas fotos de la Plaza Roja de noche. Realmente preciosa, casi más de noche que de dÃa.
![]()
Hoy era nuestro tercer dÃa en Moscú y no habÃamos visto nada de lo que ven los turistas, asà que esta mañana decidimos ir a la Plaza Roja.
La verdad es que las descripciones sobran. Las fotos hablan por sà mismas. Por hoy sólo entramos en la catedral de San Basilio y dimos la vuelta al exterior del Kremlin. Dejamos para mañana entrar en el Kremlin y quizás en la tumba de Lenin (eso no está muy claro).
Estamos teniendo algunos problemas para subir vÃdeo (la conexión en el Hostal va de pena), pero haremos lo posible por poner lo que grabemos mañana dentro del Kremlin.
El 23 de febrero nos despedimos de Peter (como le llaman cariñosamente aquÃ). Las últimas horas las pasamos hablando con nuestra recepcionista favorita: Alicia. Aunque parezca mentira, se esforzaba por ser simpática con nosotros (en lugar de denunciarnos a algún antiguo oficial retirado de la KGB).
No subimos en el tren a las 0:40. Técnicamente era mi cumpleaños, asà que podemos decir que cumplà mis 31 años en un vagón de tercera clase ruso, a medio camino entre San Petersburgo y Moscú. No suena tan mal…
El tren era incómodo, viejo y cutre, pero estaba bastante limpio, y los rusos no hablan (ni despiertos), asà que menos lo van a hacer dormidos. Como siempre, habÃan ronquidos, pero los tapones para los oÃdos pudieron con ellos. Nos tomamos un Valium y pudimos dormir unas 4 horas (más de lo que esperábamos).
Llegamos reventados a Moscú. Nos arrastramos por las calles con nuestras megamochilas a la espalda y conseguimos llegar al hostal. La sorpresa fue agradable, estaba medio vacÃo, era limpio y las camas cómodas.
No hicimos nada más. Nos tiramos a ver pelÃculas y salà a comprar la cena a diez bajo cero. Suficiente por hoy. Un cumpleaños genial, en serio
Salimos en busca de los billetes del transiberiano. De camino, a mi se me ocurrió cruzar una especie de avenida por la que LITERALMENTE no pasaba ni un solo coche. De hecho, no se veÃa ningún coche, perro o persona a dos kilómetros a la derecha o izquierda. Pensé que estarÃa cortada por obras o algo asÃ, y pasé del paso subterráneo. Lo último que oà fue a Sandra gritándome “Espera, Sebas, no se puede por ahÔ, pero ya era tarde. La furia de la policÃa rusa se materializó en gritos guturales de 4 agentes a la vez, que salieron de la nada. Todos me gritaban a mi y a Sandra, que en su abnegado amor me habÃa seguido.
La primero que hice fue parar en seco, pensando en volver sobre mis pasos y cruzar por el paso subterráneo. Pensé que se trataba de cabezas cuadradas que querÃan que se respetaran las normas aunque no se viese un coche a 2 kilómetros. Pero cuando paré los gritos se convirtieron en exabruptos (no sé ruso, pero seguro que eran insultos), asà que aceleré el paso y le dije a Sandra que corriese. Los dos corrimos hasta la acera. 30 segundos más tarde pasaron 10 coches de policÃa escoltando a una limusina negra con las banderitas presidenciales. Calculo que iban a 120 Km/h.
Nos tragamos una bronca de un poli de la secreta que para colmo hablaba español. Por suerte nos vió tan perdidos que se apiadó. Estaba a punto de gritar con las manos en alto “No quiero matar a vuestro presidente”…pero creo que Putin estuvo más cerca de hacerme daño a mà que yo a él.
Es increÃble que esta gente corte toda una avenida para desplazarse por la ciudad. Cuando la reabrieron, vimos que era una avenida transitadÃsima. Es como si en Barcelona cortasen la Diagonal cada vez que Zapatero quiere pasar a 120 Km/h por la ciudad.
Volvimos con nuestros billetesa al hostal y no nos avergüenza decir que nos pasamos el dÃa viendo series en el portátil, pero empezamos una conversación con un Danés y dos chicas de los USA que se alargó hasta las 00:00, tras lo cual vimos una peli y nos acostamos a las 02:00.
Decidimos que ya era hora de ver la Plaza Roja, y ese fue nuestro plan para el dÃa siguiente.
Entre una cosa y la otra, hemos dejado el Blog desatendido y han pasado un montón de cosas.
Al dÃa siguiente de nuestra conversación polÃtica con Alicia nos fuimos a Peterhof (El Palacio de Verano de Pedro el Grande). Peterhof no está en San Petersburgo, sino a las afueras. Para llegar, habÃa que tomar un tren y un autobús de lÃnea. Después de nuestra odisea para comprar los billetes desde San Petersburgo a Moscú, nos preparamos para lo peor…
Y llegamos a la primera. Cero problemas. Excepto que nos olvidamos de poner la baterÃa de la cámara en la cámara…(por lo que las fotos a continuación están sacadas de Internet, y son parecidas a lo que vimos)
Orgullosos de nuestra pericia, llegamos a un pueblo completamente cubierto por la nieve. El autobús nos dejó en la puerta del palacio. Enfrente de la puerta, la catedral de San Pedro y San Pablo. O aun no estamos saturados de templos o era realmente bonita. El caso es que nos impresionó su exterior.
Entramos en Peterhof, y la entrada fue en sà la mejor experiencia en Rusia. Un pasillo de árboles y setos cubiertos con sacos (para protegerlos de la nieve) formaban un pasillo perfectamente simétrico de unos 1000 metros de largo que nos llevaba a la entrada del palacio. Era como la entrada de Versalles, pero completamente blanca.
La nieve lo cubrÃa absolutamente todo. Era nieve virgen, sin una sola pisada. Todo era perfecto y estábamos solo caminando por la nieve, oyéndola crepitar a cada paso. Nos sentimos como crÃos. nos lanzamos nieve. Corrimos en la nieve para sentir que éramos los primeros en pisarla. Caminamos despacio para sentir como se hundÃa haciendo un sonido al que no estamos acostumbrados.
Nuestro juego duró unos 10 minutos, hasta que llegamos al palacio. No habÃa turistas ni señales de la entrada.
Tras algunas vueltas nos encontramos con 2 rusos vestidos de músicos del siglo XVIII o XIX (pelucas blancas, mallas, etc.) Nos preguntaron de donde éramos, y a continuación nos tocaron EL HIMNE DELS SEGADORS!
Tras recuperarnos del shock (una cosa es que le digan “Bon dia”, otra que toquen el himne dels segadors en San Petersburgo), entramos en el palacio.
1000 rublos más tarde estábamos con unas zapatillas de papel (para no estropear el parqué) recorriendo una de las expresiones más bizarras que hemos visto de ostentación y vanidad, ejecutada eso si con bastante buen gusto.
Salimos contentos de la visita, comentando los detalles dorados, lo recargado del estilo barroco y con la seguridad de que nos olvidarÃamos del palacio a los 2 meses. Pero no del parque nevado, asà que volvimos a pasear unos 30 minutos mas entre pasillos inacabables de árboles cubiertos de nieve. Volvimos a tirarnos bolas de nieve, golpear los árboles para ver como nos caÃan copos como pelotas y en general comportarnos como crÃos ante uno de los paisajes más bellos que hemos visto.
Salimos directamente hacia el café más cercano. Estábamos a 6 grados bajo cero, y empezábamos a no sentirnos la cara. De ahà a la estación del tren, donde nos paramos a tomar unos “kebabs” en un antro, mezcla de discoteca de pueblo de los 80 y puticlub de los 90. La camarera parecÃa un travesti, y cualquier control de sanidad habrÃa revelado que eso en realidad era un vivero experimental de nuevas especies. Aún asÃ, estaba bueno y nos sentimos como en la Rusia más auténtica.
Tren de vuelta a San Petersburgo. Ducha, juegos en el ordenador, siesta y a las 18:00 salimos hacia nuestro “lujo” en St. Peter: Un espectáculo folcklórico ruso.
La verdad es que el espectáculo estuvo bien, y como no, me sacaron a bailar (a hacer el ridÃculo más bien). Para colmo, nuestras galas desentonaban completamente con la pomposidad del teatro, con lo que el ridÃculo fue aun mayor.
Nos fuimos a dormir con un par de copas de cava, unas tostadas de caviar ruso y unos chupitos de vodka que estaban incluidos en el espectáculo.
Ayer nos relacionamos con la primera persona rusa, la recepcionista de nuestro hostal (24 o 25 años, estudiante de turismo y con un inglés intermedio).
Hablar con un ruso/a no es algo tan fácil. Son serios, secos y un poco frÃos. Desde el punto de vista de un latino son unos bordes, pero claro, la diferencia cultural es asÃ.
El caso es que hablamos de todo un poco. La chica parecÃa contenta de que le explicásemos cosas de otras partes del mundo y de ofrecernos consejos y ayuda para ver la ciudad. Todo discurrÃa en un ambiente relajado mientras hacÃamos la cena.
En medio de la conversación ella nos pregunta “Quién es el presidente de vuestro paÃs?” “Es bueno?”. Y claro, empezamos (en realidad Sebas empezó) a hablar de polÃtica. Que si hay tantos partidos en España, que si nosotros somos de izquierdas izquierdas, que si Zapatero es el mal menor para nosotros, etc…
Hasta aquà todo bien.
Entonces yo digo “Y vosotros, ¿estáis contentos con Putin? Desde nuestro paÃs, por las noticias que nos llegan, es un poco totalitarista”.
Ella me contesta, literalmente, que es lo que Rusia necesita. Que los rusos necesitan una mano dura que les diga lo que tienen que hacer, que la libertad está bien en los libros y en las pelis, pero que en Rusia se necesita a un dictador como él. Que la democracia no funcionarÃa (y he utilizado el condicional hipotético a propósito) en Rusia.
Entonces yo, intentando no soltar espumarajos de color verde por la boca y en un esfuerzo tremendo por escuchar y no ir de perdonavidas por el mundo, le comento (ahora en serio, no fui en absoluto agresivo ni adoctrinador) que cosas como Chechenia y asesinatos selectivos como los de Litvinenko no pueden considerarse actos de una democracia. Le pregunto ¿Qué opinas de todo eso?
Su respuesta: “Ok. Bon apetit”. Y con una sonrisa forzada abandonó la cocina.
No hemos vuelto a hablar desde entonces.